Supergafe: No hay mal que por bien no venga

Carlitos hace chantaje a Boris y consigue que lo invite a él y a sus nuevos amigos a eventos y a su propia piscina. Boris tiene más motivos para consentirlo que el miedo a que se vaya de la lengua.

Dulce apartó la vista de la revista por un momento para contemplar la avispa que caminaba sobre el césped. Frunció el ceño.

— No picarán las avispas, ¿no?—no miró a nadie, pero Ele supo que se dirigía a él.

— Estamos cerca de su territorio, están nerviosas. Pero he hablado con ellas y me han prometido que se portarán bien, siempre y cuando no las molestemos—le aseguró él. Se encontraba a su lado, extendiéndose un poco de protector solar en la cara.

Como toda respuesta, Dulce gruñó y siguió leyendo. Al menos, eso pretendía, porque se oyó un chapoteo y algo de agua la salpicó a ella y a la revista. Murmuró una palabrota que Carlitos no oyó. De haber sabido que la había molestado, se habría disculpado durante hora y media, pero como no se dio cuenta, salió a la superficie con una sonrisa. Nada mejor que un baño para pasar un día tan caluroso de julio como ese. Miró a su alrededor hasta encontrar a Hiro apoyado en el borde opuesto de la piscina y nadó hacia él.

— Está buena, ¿verdad?

— ¿Ah? Oh…Bueno…Creo que sí es guapa, supongo. Me gustan de otro tipo.

Carlitos tardó un poco en darse cuenta de que Hiro había estado mirando a Dulce y creía que se estaba refiriendo a ella. Le subió un ligero rubor.

— No, no. Digo el agua. El agua—espetó.

— Ah. Sí. El agua es buena—contestó Hiro.

— Oye, Carlitos—Ele se acercó adonde ellos se encontraban, poniéndose de cuclillas para no tener que hablar en voz demasiado alta—. No sé yo si nos estamos pasando un poco con el rubio. Que ya nos ha invitado a dos conciertos y tres parques de atracciones, y ahora nos bañamos en su propia casa…

— ¿Tú le has oído quejarse? Yo no—Carlitos se encogió de hombros mientras arqueaba las cejas.

No, Boris no se había quejado, eso era cierto, pero ahí estaba, en la terraza, contemplándolos como un centinela. Un centinela con cara de pocos amigos. No se había acercado en ningún momento ni les había dicho nada: se había limitado a vigilarlos en silencio, siempre en la distancia. Y si no él personalmente, se encargaba de ello su mayordomo, un tipo de pelo blanco con menos expresividad que un palo de fregona.

— No pienses en ello—le dijo Dulce a su gemelo, sin apartar los ojos de la revista—. Tú aprovecha que tienes todo esto por el morro.

— Sí, que los ricos compartan un poco con la sociedad—asintió Carlitos.

Ele no pareció convencido en absoluto. De hecho, no lo estaba. Él estaba a favor de eso de la distribución de la riqueza, pero veía éticamente cuestionable lo que estaba haciendo Carlitos con aquel chico. Por eso, dio un paso en dirección a la terraza.

— ¡Oye, gracias por dejarnos usar tu piscina!—le dijo a Boris—. ¡Puedes venir y bañarte con nosotros, que no mordemos!

— ¡No, estoy bien aquí!—respondió Boris, sin cambiar en nada su postura ni su expresión.

— ¡¿Seguro?! ¡Tú no te cortes!

Boris no contestó. Ele suspiró y decidió bañarse con los demás. No estaba bien lo que estaban haciendo, pero hacía tanto calor que no podía rechazar un baño.

Boris puso una mueca de asco. Sí, hombre, con ésos se iba a bañar. Y lo de que no mordían no lo tenía tan claro, viendo a la chica.

— ¿Quiere que saque unos aperitivos para sus…amigos?—preguntó John. Su verdadero nombre era Jonathan y era vallecano de nacimiento, pero sus jefes habían decidido que no era un nombre que quedara bien en un mayordomo, así que lo acortaron como John, que sonaba mucho mejor. El sutil énfasis con que pronunció aquella última palabra mostraba que, aunque Boris no le hubiera contado nada sobre aquel asunto, no era ciego y algo se olía.

—No—Boris fue contundente y ante eso John solo asintió levemente con la cabeza. Hizo gala de su profesionalidad haciendo como que no escuchaba cuando el chico añadió entre dientes—: Venga. Encima les saco patatas y panchitos, también…

Sí, odiaba a esos chicos. Concretamente, a ese imbécil llamado Carlos, que era el que lo estaba chantajeando. Él había creído al principio que no era más que un paleto torpe, y estaba pagando el haberse equivocado. Pero ¿y qué podía hacer? No podía dejar que se fuera de la lengua. Su padre estaba siendo investigado por ciertos chanchullos (todo mentiras de la prensa, Boris creía más en el honor de su padre que en el santísimo credo) y lo último que necesitaba era que él, su único hijo, personaje con influencia en las redes sociales, añadiera más descrédito a su apellido. Mauricio Piquero era capaz de volar desde Shangai, qué demonios, volvería a España a nado si era necesario para estrangularlo con sus propias manos si se enteraba. Así que tocaba ceder a los caprichos de ese gafe. Al menos, por el momento. En cuanto las cosas se calmaran y su nombre dejara de estar en los periódicos y los telediarios, lo mandaría de vuelta a su vida de mileurista con una patada en el culo. Y que dijera cuanto quisiera, que lo maldijera, si tenía gónadas.

Boris se pasó el dorso de la mano por la frente. A cada momento se le hacía más difícil resistirse a un baño. Pero no lo haría mientras estuvieran ellos. Por nada del mundo. Así que se obligó a aguantar, bebiendo limonada fresca que Mercedes, bendita fuera, le había preparado aquella misma mañana. Sus ojos siguieron fijos en la piscina, vigilando que no estropearan las hamacas ni rompieran nada.

Entonces, Hiro entró en su campo de visión. Se dedicaba a nadar de un lado a otro de la piscina, tratando de hacerlo en el menor tiempo posible. No nadaba nada mal. Boris dejó de prestar atención a aquel elemento perturbador llamado Carlitos y se fijó en su juego. Se sintió un poco más relajado. Había visto a ese oriental antes y había pensado que no estaba mal. Nada, nada mal. Aunque la gente suele perder encanto mojada, a Boris le siguió pareciendo un chico bastante atractivo. Y ahora estaba comprobando que era del tipo atlético, lo cual era un punto a su favor.

Trató de evitar que se le escapara una sonrisa delante de John. Él no sabía de sus inclinaciones. Nadie lo sabía, ni podrían sospecharlo, sabiendo con cuántas chicas había salido. Boris, desde luego, no iba a pregonarlo a los cuatro vientos, primero, porque no era asunto de nadie más que suyo, y segundo, porque su bisabuelo había encarcelado y fusilado a aquella gente y su madre opinaba que no se debían perder las tradiciones familiares. Se podía decir que ver a aquel chico por primera vez despertó algo en él. Curiosidad, tal vez. Aún seguía pensando que quizás fuera solo eso, curiosidad. Eso habría hecho que las cosas fueran mucho más fáciles.

Dudó. Seguía pensando que era una panda de frikis, pero él…él era otra cosa. Deseaba conocerlo, de verdad, y habría dado lo que fuera por habérselo encontrado en un club o en la facultad, y no con ellos.

Suspiró y se rindió. Se metió dentro de su casa y salió al poco rato con un bañador de diseño, rumbo hacia la piscina.

Dulce había terminado de leer y se había decidido a darse otro chapuzón. Se sumergió para mojarse entera y, al subir a la superficie, la parte superior de su bikini se deslizó hacia abajo. Se lo volvió a colocar rápidamente y se giró hacia Carlitos. Él no dijo nada ni hizo ningún gesto por el cual ella tuviera que darle un puñetazo. Los accidentes y los deslices vergonzosos eran muy frecuentes cuando él estaba delante, pero entretenimiento gratis era entretenimiento gratis, así que Dulce hacía un esfuerzo por acompañarlo adonde fuera. Cuando Boris se acercó a la piscina, los dos se quedaron mirando o, mejor dicho, evaluando. Finalmente, Boris, poniendo una de sus sonrisas diplomáticas, dijo:

— Espero que no os importe que me una.

— ¡Ningún problema! Estás en tu casa…¡literalmente!—rió Ele, y Boris contestó a ello con una mueca de difícil interpretación.

— Oye, eso que tienes ahí…¿Es una pantalla?—preguntó Carlitos, señalando una plataforma que había a un lado de la piscina.

— Oh, sí—contestó Boris—. Con un mando, se despliega y podemos ver películas desde aquí.

— Gua, cómo mola—suspiró Carlitos. Mirara donde mirara, había algo que le arrancaba una admiración y lo ponía verde de envidia. Boris se sintió un tanto satisfecho al saber que a pesar de todo, él era el que vivía en una mansión y tenía todo lo que quería a todas horas y todos los días del año, desde la cuna a la tumba.

— Bien. Me parece que no hemos empezado con buen pie. Por eso del…ejem, asunto que tenemos entre manos—Carlitos y él se intercambiaron una breve pero elocuente mirada—. Pero eso no es excusa para la falta de educación. ¿Qué tal si nos presentamos como es debido?

— Eso es verdad—asintió Ele—. Mira, yo soy Ele, de Elena, y esta es mi hermana Dulce.

Boris no escuchaba. Esperaba a que Hiro interviniera:

— Yo soy Hiro. Me alegro de conocerte—Hiro hizo una inclinación de cabeza y luego se acordó de que en España mucha gente se estrechaba la mano, así que se la ofreció.

Boris sonrió y la tomó.

— Lo mismo digo, Hiro.

Hiro. Guardó ese nombre en su memoria mejor que la clave de su tarjeta de crédito y lo que había aprendido en la universidad.

El primer paso estaba dado. Con suerte, podría caerle simpático, quedarían a solas, sin aquellos pelmas…y quizás, solo quizás…

— De verdad que sentimos las molestias—estaba diciendo Ele—. Nos portaremos como caballeros. Eh, de vez en cuando quedamos, damos un paseo, comemos por ahí y tal. Te podrías venir alguna vez, sin que pagaras tú. Para compensarte y eso. Ya verás, seguro que te lo pasas bien.

— ¿Hm? Ah, sí. No me parece mal.—Boris se volvió hacia él y enseguida se giró de nuevo hacia Hiro—. Perdona la pregunta, Hiro. ¿De qué parte de Japón eres? Estuve allí hace un par de años.

— Soy de Aomori—respondió él.

— Ah, Aomori. Yo estuve en Tokio. Bonito país el vuestro.

Hiro sonrió y Boris sintió palpitar su corazón. El primer paso y el más difícil ya estaba dado. A partir de entonces, todo iría como la seda, no le cabía la menor duda. Ni aunque estuviera Carlitos de por medio.

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