Supergafe: El retorno

Manolo reúne de nuevo a sus sicarios.

Lo había encontrado allí la primera vez, no era del todo descabellado pensar que lo volvería a ver en ese mismo lugar. A no ser que se hubiera metido en problemas con la policía y hubiera decidido desaparecer. Manolo volvió a visitar el mercadillo del barrio, a pesar de que no encontraba nada agradable la falta de espacio para caminar y tener a vendedores chillándole en su misma oreja, con la esperanza de encontrar entre el gentío a Paco. Había en Madrid cientos de personas a las que podría haber contratado en su lugar, puede que más astutos, más fuertes, pero dice el refrán que “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Y Paco tenía una cualidad que no se encontraba fácilmente: diligencia.

Manolo se detuvo, casi chocando contra una mujer que llevaba un carrito de bebé. Luego se desvió hacia el puesto que tenía a su izquierda, que vendía ropa interior, calcetines y medias, hasta postizos para resaltar las nalgas. Paco estaba allí, atendiendo a una señora. Manolo esperó a que le entregara una bolsa de plástico con unas bragas del tamaño de una carpa de circo y cogiera el dinero para acercarse a él.

— Buenos días—lo saludó.

Paco se quedó paralizado, como si hubiera visto un fantasma.

Usté…¿Qué hace aquí? La policía…—balbuceó, mirando a un lado y otro nerviosamente.

— Has cambiado las cajas de fruta por un puesto, por lo que veo. Me alegra ver que las cosas van mejor—comentó Manolo.

— El puesto é de mi hermano. Yo le ayudo… sigue igual, tirando—admitió Paco, y condujo discretamente a Manolo a un lado del puesto.

— En ese caso, supongo que te interesará lo que te voy a proponer.

— Mire, señó, yo le agradezco la ayuda, pero…Le devolveré lo que me dio, todito, se lo juro. Pero yo no quiero meterme en…

— Ah. Te rajas.

— Mmm…Sí, sastamente. Llámelo así.

— ¿Recuerdas que te ofrecí siete mil euros por el trabajo? Bien. Ahora te ofrezco el doble.

Paco se tomó un momento para calcular la cantidad. Cuando tuvo en mente el resultado, sus ojos se abrieron desmesuradamente.

— ¿Tanto?

Manolo se volvió un momento para espantar con una mirada poco amistosa a una maruja que estaba poniendo la oreja en la conversación y luego asintió con la cabeza. Paco sintió que el calor que ya hacía aumentaba y lo hacía sudar y ponerse colorado. Jamás en su vida iba a reunir tanto dinero trabajando o cobrando ayudas del Estado.

— ¿Lo dice en serio?

— ¿He dicho algo en broma alguna vez?

— No.

— Pues ya está. Catorce mil euros si me ayudas a matar a Benítez, esta vez sin errores.

A aumentar la cantidad ofrecida, el tiempo que dedicó Paco a dudar disminuyó drásticamente. Ofreció su mano a Manolo.

— De acuerdo. Lo haré.

Manolo esbozó una sonrisa y estrechó su mano callosa.

— Muy bien—dijo Manolo—. Pongámonos en marcha, no hay que perder el tiempo. Aún toca reunir al resto del equipo.

— ¿Va a buscá a los otros? Bueno, bueno. Usté sabrá—se dirigió entonces al hombre que estaba abriendo una caja a un lado—. ¡Toño! ¡Que me tengo que ir! ¡Llama a Felipe, que se deje de tocá los huevos y te ayude!

— ¡Vale, ta luego!—fue todo lo que le respondió el otro. Manolo se alegró de que no se hubiera fijado en él para nada ni hubiera pedido explicaciones.

— Llamaré a Amnesia para ver si tiene ya la dirección del chaval éste.

— ¿Eh?

— Amnesia. La cría que no es una cría.

— Ya, ya. Macuerdo de ella. Pero ¿ya se ha puesto en contasto con ella?

— Qué va: ¡fue ella la que se puso en contacto conmigo a los dos días del plan fallido! Y sigue sin querer oír hablar de dinero. Dice que todo esto le parece la mar de interesante. “Estimulante”, fue la palabra que usó. La he mandado localizar a Miguelito. A ver si lo tiene—sacó su móvil y marcó el número.

 

— Me estás tomando el pelo.

Paco se tuvo que morder el interior de la mejilla para evitar que se le escapara una risa al oír esa expresión de sus labios.

— ¿Seguro?—Manolo escuchó lo que Amnesia le decía con una mano en la cintura—. Bueno.

Colgó y se volvió hacia Paco para señalarle el local con la cabeza.

— Dice que lo encontraremos aquí, que no es coña.

— No, si el chico tenía pinta de estar necesitao destas cosas.

Los dos hombres entraron en la tienda, cuyo cartel mostraba una fresa partida por la mitad, se llamaba “Sentidos”. Vista desde fuera parecía más amplia, pero estaba bien organizada, así que había espacio de sobra para mostrar multitud de productos. Algunos de ellos eran extraños y retorcidos, Manolo no los había visto nunca en su vida, y eso que había visto muchas películas. Lo mejor de todo era que, de no ser por la mercancía, uno no la habría distinguido de una simpática tiendecita corriente, de esas pintadas con colores claros, que huelen bien y que casi siempre regenta una señora mayor.

Miguel levantó la mirada del ordenador portátil que tenía al lado del mostrador y se irguió de golpe cuando vio a Manolo y Paco, olvidándose de la partida en línea en la que había estado inmerso. Parecía que iba a correr a esconderse.

— ¡No nos dijistes que tus padres tenían una seshop de esas!—fue lo primero que le dijo Paco.

— Sí, bueno…No es algo que uno mencione al presentarse—murmuró Miguel, moviendo los brazos nerviosamente de un lado a otro hasta que los cruzó y así los dejó quietos al fin—. ¿Cómo me habéis encontrado?

— Amnesia ha estado trabajando—contestó Manolo—. Por eso hemos venido, por trabajo. ¿Querrías empezar lo que terminaste?

— ¿Volver a intentar lo de…?

— Sí. Sé que la última vez la cagamos, pero no voy a descansar hasta que ese chico esté muerto.

— Ya, claro. La vendetta.

— Te ofrezco el doble de lo que te ofrecí la última vez—Manolo se apoyó en el mostrador y miró fijamente a Miguel—. Catorce mil euros.

— ¿En serio?—entró un nuevo cliente y Miguel esperó a que venciera la vergüenza y se entretuviera con el género para continuar, en voz más baja—. Joder, eso es mucho…

— Supongo. Entonces…¿Puedo contar contigo?

— Sí. De acuerdo. Pero esta vez déjeme a mí lo de matar, que terminaremos antes.

— Ah, no. Eso no. Puedo hacer concesiones, pero esa no. Vosotros limitaos a ayudarme, que si alguien va a llenarse las manos de sangre, ese pienso ser yo.

— Bueno, bueno. Haría las cosas mucho más fáciles, pero si insiste, no le quitaré la ilusión, hombre.

Manolo asintió la cabeza y Miguel cerró el portátil y abandonó el mostrador. Aunque no hubieran doblado la recompensa, incluso sin ella, habría aceptado volver. Odiaba tener que trabajar en el negocio familiar, y habría aceptado literalmente cualquier plan que le hubiera permitido escapar de aquellos penes de látex, lencería sugerente y revistas guarras. Su padre había invertido los últimos años en hentai y disfraces en un intento de atraer su interés, porque siempre decía que él heredaría la tienda un día, pero no lo había conseguido.

 

— Dime cómo lo has hecho—insistió Miguel.

— Bueno, si tanto insistes, te lo diré—Amnesia siguió caminando sin volver la cabeza hacia él—. Las redes sociales. ¿Has oído alguna vez eso de que las empresas se hacen con los datos que uno cuelga ahí y los usa para estudios de mercado y mandar publicidad? Bueno, pues yo no voy a ser menos que ellos. Me sorprende que hayas sido tan descuidado, tú, que eres informático.

Miguel frunció el ceño. Solo pensar que esa lunática había tenido acceso a sus datos le daba repelús. A partir de entonces, tendría más cuidado, aunque solo fuera por ella.

Paco se detuvo y señaló el ventanal de un bar.

— Ahí lo veo.

Los cuatro se asomaron al cristal. No había muchos clientes aquella mañana, todos ellos eran parados y jubilados que pasaban la mañana bebiendo caña tras caña. Entre un tipo con pinta de motero y otro robusto con la parte superior quemada por el sol se encontraba Caspa, riendo y bebiéndose un tubo de cerveza. Manolo hizo un gesto a sus sicarios y juntos entraron al bar.

Caspa estaba a punto de comerse un pistacho que había de aperitivo cuando vio entrar al grupo. Soltó el aperitivo, ignorando al amigo que había estado hablando, fue a su encuentro.

— Sois las últimas personas que me esperaba encontrar por aquí—dijo, a modo de saludo, mirándolos uno a uno.

— Te estábamos buscando—contestó Manolo—. Antes era más fácil encontrarte.

— Ya, he tenido que desaparecer por unos días. Casi me pillan los pitufos.

— ¿Metiéndote en líos otra vez por dinero?—sonrió Manolo.

— Claro. ¿Por qué si no iba a jugarme el pellejo? No soy gilipollas.

— Hm. Ya.

— ¿Y para qué me busca?—volvió a posar sus ojos en los que por unos días habían sido sus compañeros y después se dirigió de nuevo a Manolo—. ¿Piensa volver a intentarlo?

— Sí, las veces que haga falta.

— Por mí, no hay problema. Encantado de ayudarlo. Peeero, esta vez las cosas van a ser distintas. Quiero decir, el chico le vio, nos conoce a los dos, y va a ser más complicado pillarle. Voy a tener que subir el precio.

— Claro, que siete mil euros son demasiado poco—dijo Manolo, torciendo el gesto—. ¿Y qué tal el doble? ¿Así mejor?

Caspa no dijo nada, se quedó pensando.

— Te ayudaré. Son catorce mil.

— Por catorce mil, hasta le dejo dormir en mi cama y tirarse a mi madre. Trato hecho.

Manolo le ofreció su mano para sacudirla, pero Caspa lo dejó colgado para volver a la barra y beberse su cerveza.

— ¿Cuándo empezamos?—preguntó el casposo.

— Ya mismo—contestó Manolo.

— ¿A qué viene tanta prisa? Anda, venga, tomaos algo.

Paco se volvió hacia Manolo, pidiéndole permiso con una mirada suplicante para tomarse una cerveza fresquita.

— No. Andando.

Caspa resopló, se despidió de sus amigos y se marchó, dejándoles a ellos con la cuenta de sus consumiciones.

— Sí que le tiene ganas al chaval, ¿eh?

— No sabes cuántas, Caspilla.

Manolo se quedó en silencio durante un breve instante, y luego dirigió una mirada a subordinados.

— Hemos empezado con mal pie—les dijo—, pero solo ha sido eso: un traspiés. Benítez no es más que un mocoso, y no volveremos a fallar. Recordad que hay que ser discretos. ¿Me habéis oído? Dis-cre-tos. Atacadlo cuando esté más indefenso. Lo que hagáis me da igual: partirle las piernas, acabar con sus seres queridos o cualquiera que trate de protegerlo…No me importa. Siempre y cuando borréis toda huella. Quiero que desaparezca de la faz de la tierra y que nadie sepa jamás qué ha ocurrido.

Miguel asintió con la cabeza. Paco, por su parte, tan solo pestañeó.

— Cuente con ello—sonrió Caspa.

Amnesia se quedó con la mirada perdida y sonrió ligeramente, sin contestar.

Manolo también sonrió. Sí. No volverían a fallar. No podían volver a fallar.

A kilómetros de allí, Carlitos era levantado a la fuerza por su madre al grito de “mira qué horas son y tú en la cama, pedazo de vago”, felizmente ajeno a la amenaza que se cernía sobre él.

 

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