Supergafe: El flechazo

La mejor (única) amiga de Dulce, Lourdes, siempre ha estado buscando a su príncipe azul, y parece que Carlitos es el tipo que estaba buscando.

— ¿Cómo es que no viene Ele, con lo que le gusta charlar con los patos del lago? —Lourdes se rascó su pierna peluda con un pie.

— Ha quedado con un amigo—respondió Dulce, mirando al techo—. Entonces, ¿dejamos lo del cine para la semana que viene?

— Si no te importa…Es que estoy pelada, tía. Con lo del carné…

— No te preocupes.

Dulce alargó la mano y cogió un puñado de patatas fritas, que se fue metiendo a la boca una a una. Habían planeado ir a dar una vuelta, pero se estaba tan a gusto ahí, tiradas en la cama, que daba una pereza enorme hacer lo que fuera. De todas formas, seguro que aún hacía demasiado calor en la calle para salir; esperarían un poco.

— Ojalá encuentre curro pronto, así no tendría que pedirle dinero a mis padres—suspiró Lourdes, recostándose.

Dulce le habría contestado a cualquier otra persona que la vida era así y que se fastidiara, pero conocía a Lourdes desde la guardería, era la única chica en todo el mundo que no pensaba que fuera una pérdida de tiempo, así que le dijo:

— Ya verás como sí.

Lourdes se lo agradeció con una sonrisa. A los pocos segundos, la puerta de la habitación se abrió y Ele entró.

— Buenas—los saludó.

— Hola, Ele—Lourdes se irguió para saludarlo, pero Dulce ni siquiera dejó de comer.

— ¿Ya estás de vuelta?

— Es que se me ha roto la sandalia—Ele le mostró el calzado, con la suela resquebrajada sin remedio— y venía a cambiarme. El asfalto quema.

Claramente, pensó Dulce, Carlitos tenía la culpa de eso. Siempre pasaban cosas molestas a su lado. No tenía ni idea de por qué su hermano se juntaba con ese chaval, con la cantidad de amigos que tenía, raritos, pero al menos ninguno de ellos era gafe. Podía entender que fuera con él por lástima, pero ¿tan a menudo? Menudo idiota inconsciente.

— Hola.

Dulce no se había dado cuenta de inmediato de que Carlitos estaba allí, casi oculto detrás de Ele, demasiado cohibido para entrar a la habitación; había creído que aquella desagradable sensación se debía al mero hecho de acordarse de él. Deseó que su hermano no tardara mucho y se lo llevara lejos de su casa antes de que la contaminara con sus malas vibraciones.

Ella solo le dedicó un pequeño gesto con la cabeza, mientras que Lourdes se puso en pie y no le quitó ojo:

— Hola.

— Ah, por cierto, Carlitos, esta es Lourdes, nuestra amiga de toda la vida—los presentó Ele mientras buscaba su calzado debajo de la cama.

— Encantada de conocerte—sonrió Lourdes, acudiendo a él inmediatamente para darle un par de besos.

— Lo mismo digo—contestó Carlitos.

Carlitos estaba realmente sorprendido, porque no se imaginaba que Dulce pudiera tener amigos. En fin, siempre le había parecido de esa clase de personas que no soportan el contacto con los demás seres humanos. Y menos con esa clase de chica. Tenía la piel tostada, ademanes pizpiretos y a pesar del pelo de su bigote, axilas y piernas, vestía de una forma muy femenina y colorida. No habría dudado que fuera amiga de Ele, pero ¿de Dulce? Sonaba a broma.

— Ella conoce lo nuestro—comentó Ele, y luego se volvió hacia Lourdes—. Carlitos también tiene un talento.

— Ah, ¿sí?—Lourdes miró a Carlitos con aún más interés—. ¿Cuál?

— Bueno, yo…doy mala suerte—admitió Carlitos.

— No me digas.

La sonrisa bobalicona que le dirigió Lourdes hizo que Carlitos desviara la mirada hacia Ele para tratar de pedirle tácitamente que se diera prisa. Pero Ele nunca jamás tenía prisa, así que tuvo que entretenerse observando la habitación de los gemelos, que parecía dividida por la mitad y no era tan caótica como había esperado, sino sorprendentemente normal teniendo en cuenta cómo eran sus dueños. Finalmente, Ele se puso en pie, con otras sandalias puestas.

— Bueno, pues nos vamos. Hasta luego, pasadlo bien, chicas—se despidió de ellas.

— Sí, eso. Adiós—dijo Carlitos, dirigiéndose realmente a Dulce.

— Hasta luego. Y no te preocupes, Carlitos, no se lo diré a nadie—contestó Lourdes, agitando una mano.

Carlitos hizo una mueca y siguió a Ele hacia la puerta. Lourdes volvió a tumbarse en la cama. Casi había encontrado la postura de antes cuando se oyó un estruendo y se puso en pie.

— Ya se ha cargado algo…—oyó mascullar a Dulce.

Abandonó la cama y se asomó al salón de estar. Lourdes esperó allí, comiéndose algunas patatas, hasta que oyó cerrarse la puerta y Dulce volvió.

— Se ha caído el jarrón de la salita—explicó a Lourdes, tumbándose a continuación con un suspiro hastiado—. El metepatas de los cojones…

— ¿De verdad da mala suerte?—preguntó Lourdes.

— Seh, con solo estar cerca.

— Vaya…

— Así que ya lo sabes: si lo ves, cámbiate corriendo de acera. Con un poco de suerte, no volverás a verlo nunca más.

— Bueno, no está demasiado mal…

Dulce hizo una mueca asqueada y murmuró un <<meh>>.

— Dicen que están cogiendo mucha gente para las terrazas, casi seguro que te cogen, si echas el currículum—dijo entonces, en un intento por retomar la conversación de antes, pero Lourdes preguntó:

— Oye, ¿tú sabes si tiene novia?

— ¿Carlitos? Pues no creo. Y no me extraña. ¿Por qué quieres saber eso? ¿Es que te gusta?

Lourdes esbozó una sonrisita que hizo que Dulce se volviera a mirarla con una expresión de horror.

— Oh, por Dios, Lourdes…No me jodas…No me digas que te has enamorado de ése…

Como contestación, Lourdes soltó una risita infantil que hizo que Dulce se llevara las manos a la cabeza.

— Joder…

— Ay, chica, cómo exageras.

— No, no exagero. De todos los tíos de los que te has encaprichado, tronca…En serio, no pienses más en él, y que ni se te ocurra acercarte más.

Lourdes volvió a reír y rodeó con sus brazos a Dulce.

— Lo que tú digas, nena.

— No me vas a hacer ni puto caso, ¿verdad? Claro que no. Que nos conocemos. Bueno, tú haz lo que te dé la gana, pero yo ya te he avisado. Con la cantidad de pavos que hay por ahí. Hasta el Quique es mejor partido.

— ¡Pffft! Sí, venga…

Lourdes miró de reojo a Dulce y su expresión se congeló.

— …¿Estás bien?

Dulce tardó un poco en reaccionar. Parpadeó aturdida y se cubrió la cara con ambas manos.

— Sí…Es que acabo de enterarme de que ha muerto una chica de mi facultad…

— ¿Te traigo un poco de agua?

— No, déjalo, ya se me pasará…

— Bajemos ahora. A ver si un poco de aire fresco te sienta bien.

— En Madrid no hay aire fresco. Pero sí, vámonos.

Con un poco de suerte, a las dos se les pasaría la tontería.

 

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