Supergafe: Ahora que estaba tan a gustito

La paz que Carlitos parecía haber conseguido por fin se desmorona

Buendía había comentado alguna vez en broma que ahora que Carlitos tenía una pandilla se olvidaría de él, pero el chico demostró que eso no era verdad en absoluto. No solo seguía siendo la única persona en todo el instituto que se acercaba a él, sino que, además, aquel verano, cuando se suponía que no tenían por qué verse el pelo en unos meses, Carlitos llamó a Buendía y le ofreció tomarse unas cañas con él. Buendía aceptó la oferta encantado, y Carlitos pudo comprobar que su profesor no era tan aburrido como se decía y como él mismo había creído en un principio. Tal vez fuera el instituto, que los tenía a todos amuermados, porque Buendía, fuera de clase, era un tipo con el que uno no podía aburrirse. Si las cañas (o más bien refrescos, porque nunca había visto a Buendía tomar una gota de alcohol) sabían a poco, daban paseos por la ciudad, y si veía o conocía de antes una exposición interesante, le proponía visitarla…Los planes eran infinitos. Y Carlitos se asombraba de que siempre acertara. Por eso, muchas veces, cuando Buendía no le llamaba, era él quien cogía el teléfono y marcaba su número.

— ¡Hasta luego!—se despidió Carlitos de sus padres, que estaban en el salón, Catalina hablando por Whatsapp con la abuela y su padre, viendo la televisión, despatarrado en el sofá.

— ¿Otra vez has quedado?—preguntó su madre.

— Sí, con el profe.

— Ah…Pues que te diviertas.

Carlitos no contestó, simplemente salió por la puerta.

— Antes creía que iba a criar telarañas y ahora, ¡míralo! ¡No le vemos el pelo en todo el verano!—sonrió Catalina, una vez Carlitos se hubo marchado—. Si hasta está empezando a coger color.

— No sé, a mí no me parece normal eso de que esté con el profesor todo el tiempo—murmuró José Manuel—. Me suena al rollo ese de…Sí, la de la niña que es un poco puta, que suena a cantante…La…¿Rosario? Sí, coño, que echaron la peli el otro día.

Lolita.

— Esa. A ver si le ha aprobado porque le está sacando brillo a los bajos.

— José Manuel, por Dios—Catalina lo miró con una mueca asqueada.

— Coño, hay profesores que aprueban así, y el niño no es tonto del todo.

— El niño—repuso Catalina—se ha esforzado este trimestre y se ha ganado su cinquillo. Las cosas como son. Y no creo que tenga nada raro con él. Simplemente se llevan bien.

— Lo que tú digas. Pero vamos, que…Bueno, bueno, que salga con quien sea, mientras que salga y le dé el aire y se deje de ordenador to el día.

Buendía esperaba en la boca de metro convenida. Cuando Carlitos llegaba, él siempre estaba ya allí, siempre llegaba con antelación.

— ¿Qué? ¿No te vas a ningún lado de vacaciones?—le preguntó Carlitos una vez echaron a andar.

— Qué va—suspiró Buendía—. El sueldo no da para tanto.

— Y luego dicen de lo chulo que es ser funcionario.

Tché. Sí. Y encima mi madre se ha empeñado en pintar y limpiar el piso entero este verano, así que…

— Ya…Oye, profe, no te ofendas, pero…¿Qué hace un tío de tu edad aún con la madre? ¿Qué pasa, está enferma?

— Ni mucho menos. Esa mujer está más sana que yo.

— Entonces, ¿es tan, tan malo el sueldo?

— No—Buendía se detuvo demasiado tarde, ya había pisado un excremento de perro. Se tuvo que parar un momento a quitarse la porquería de la zapatilla—. El caso es que cuando me divorcié volví a cada para pasar una temporada y esa temporada son ya dos años.

— ¿Estás divorciado?—preguntó Carlitos, alzando las cejas.

Buendía evitó mirar a Carlitos, prefirió mirar su calzado arruinado.

— Sí.

Carlitos hizo un ligero gesto de asombro. Supuso que alguna mujer encontraría a su profesor atractivo. De personalidad, más bien, porque en cuanto a lo físico…

— Se cree que soy un niño pequeño. A mi edad…—continuó Buendía, prosiguiendo su camino.

Carlitos rió por lo bajo.

— Ya. Madres…Oye, y ¿cómo es ella? ¿Qué talento tiene?

— Es…Bueno, ya la verás. Quiero decir, si no te importa que te pases por casa algún día…

— No, no me importaría. Estaría bien.

 

Esos tipos eran unos capullos, era mucho mejor apañárselas solo. La última vez él había sido el que les había conducido al chico mientras los otros hacían el memo, él era el que tenía un poder impresionante, que podía doblegar naciones si le daba la gana. ¿Cómo podían competir el chulopiscinas, la enana rarita y el gitano rechoncho con eso? Con estos pensamientos Miguel se instaló en la parte de la azotea que parecía más adecuada. Ya vestido como el certero francotirador, hasta el más pequeño detalle, abrió su maletín y montó el rifle con una seguridad y una rapidez que desde luego no habría tenido sin el disfraz. Aún se preguntaba qué haría con el arma una vez acabara. La había comprado a través de Internet, pasándose por el forro las leyes sobre tráfico de armas, así que se metería en un lío gordo si se la quedaba, aparte de que no creía que la fuera a usar más; pero había costado demasiado cara para tirarla y, demonios, era un rifle, para algo tenía que servir, aunque solo fuera para admirar lo chulo que era.

Decidió pensar en eso más tarde y concentrarse en el trabajo.  Había visto al chico a través de la mira.

 

Buendía se dio cuenta al ver lo mucho que hurgaba Carlitos su monedero de que no tenía para pagar la botella de agua que habían pedido, y el vendedor se estaba impacientando porque había turistas con ganas de gastar haciendo cola. Al final, sacó él su cartera y lo pagó.

— Gracias. Es que como tengo el abono, no he abierto la cartera en todo el día y…—se excusó Carlitos.

— Bah, no importa—sonrió Buendía. Como el agua estaba congelada, se esperó para beber. Carlitos no lo hizo así, dio un buen trago, y por eso hizo gesto de dolor—. Así que a ti también te toca quedarte estas vacaciones.

— Sí—Carlitos estuvo a punto de confesar que la economía familiar no estaba para viajes más allá de Google Earth, pero su padre le había inculcado desde la infancia que uno no hablaba de dinero con nadie a no ser que fuera para presumir, no se fueran a pensar que eran unos muertos de hambre, así que se mordió la lengua—. Es que me han quedado dos y tengo que estudiar.

Buendía hizo un gesto de reproche, pero fue uno amistoso y no dijo nada más acerca del tema. Carlitos lo agradeció enormemente, porque estaba harto de charlas sobre el esfuerzo y las notas.

— ¿Has hablado con los chicos? Puede que ellos te ayuden.

— Sí, bueno, ya le he pedido a mi vecino Hiro que me ayude con la Gimnasia, que es lo que peor llevo. Para que apruebe aunque sea con la teoría. Me ha dicho de salir a correr todas las mañanas.

— ¿Y lo vas a hacer?—preguntó Buendía con una sonrisa.

— Ni de coña. Yo no madrugo para correr ni aunque me paguen. Anda, ¿tú me has visto? ¿Tú te crees que tengo cara de raner?

 

Miguel se colocó en posición y respiró hondo. El rifle siguió los pasos de Carlitos y luego apuntó a sus piernas. Estaba perfecto para pegarle un tiro en la cabeza, pero las órdenes eran que el jefe quería matarlo él mismo, así que con dejarlo sin movilidad debía bastar. Entonces sería un sujeto mucho más fácil de capturar. Su dedo acarició el gatillo, luego lo apretó. Y en ese mismo momento, ni un segundo antes ni después, fue cuando se atragantó con su propia saliva y le dio la tos.

 

— Yo solo digo que con un poco de esfuerzo…

— Nah. Yo soy más de ping…

¡BAM!

Fue como si el mundo se hubiera detenido por un instante. Una mujer que llevaba unas enormes gafas de sol y un vestido de colores estridentes y caminaba en dirección contraria, al lado de Carlitos, salpicó un escaparate con sus sesos y cayó inerte al suelo. Entonces, se desató el pánico. La gente comenzó a chillar y a correr de un lado para otro. Buendía soltó su lata y agarró de la muñeca a Carlitos para refugiarse en una tienda de ropa cercana.

Miguel apretó los dientes. Ese balazo le habría hecho ganar una buena puntuación en algunos videojuegos, pero no era lo que quería. <<Mierda, mierda, mierda…>>, repitió una y otra vez. Buscó entre aquel caos a su objetivo y lo encontró. Un hombre lo estaba arrastrando lejos de su alcance. Tal vez aún no fuera tarde. Rápidamente, recargó el arma y disparó.

Buendía soltó un grito. Una bala lo había alcanzado en un brazo y lo había hecho perder el equilibrio. Carlitos, ayudado por otro hombre, lo llevaron dentro de la tienda. Los viandantes habían corrido a esconderse dentro de los comercios o habían utilizado el mobiliario urbano como escudo, y nadie se sentía a salvo, porque no sabían de dónde venían los disparos.

Miguel se agachó y se insultó a sí mismo por ser tan imbécil. El personaje cuya identidad había adoptado era infalible, pero él la había cagado de la forma más tonta. La policía, el ejército, los GEOs, quien fuera, no tardarían en llegar; ya le parecía estar oyendo las sirenas. Tenía que salir por patas inmediatamente. Ahí, tumbado en el tejado porque no se atrevía a erguirse, se desvistió tan rápido como pudo y miró qué tenía en la mochila. Un disfraz de El Hombre Invisible. Eso le serviría para escapar. Mientras se lo ponía, Miguel no podía dejar de flagelarse, hasta el punto de que le empezó a doler la cabeza. Menuda había montado.

 

 

 

Mientras atravesaba los pasillos del hospital, Carlitos notó que las piernas le volvían a temblar solo con recordar lo ocurrido el día anterior. La llegada de las fuerzas de seguridad, que se habían desplegado por toda la ciudad, habían despejado toda la zona y estuvieron inspeccionando durante horas para encontrar al tirador. Mientras tanto, Carlitos había estado encerrado en una tienda, llena de gente que solo abría la boca para hablar con sus seres queridos por el móvil o lloriquear, como una señora gorda que tenía al lado y que le había puesto tan nervioso que la habría abofeteado si no hubiera estado tan asustado. A Buendía le habían taponado la herida con una camiseta. Él había dicho que estaba bien, pero, por supuesto, no estaba bien. A Carlitos no le había gustado nada lo pálido que estaba. Luego, los soldados se acercaron para decirles que ya podían salir y se llevaron a Buendía al hospital. Carlitos quiso llamar a la mañana siguiente para saber qué había sido de él, pero Ele se adelantó; le preguntó cómo estaba él y, después de alegrarse de saber que estaba ileso, le dio el número de habitación.

Cuando se encontró frente a la puerta, su madre tuvo que empujarlo suavemente para que entrara, porque él no se movió. Al entrar, lo primero en lo que se fijó no fue en Buendía tumbado en la cama, sino en una anciana muy alta y gordita que había junto a él, colocándole la almohada aunque Buendía tuviera cara de haberle dicho una y mil veces que estaba bien así. Al verla, Carlitos olvidó por un segundo sus nervios. Él se mordió la lengua, pero su padre murmuró, aunque se pudo oír perfectamente:

— ¡Pedazo de vieja!

Buendía y Julia sonrieron al ver entrar a la familia. Julia le dio un breve descanso a su hijo y se fue a recibirlos con los brazos abiertos. Prácticamente se tiró en plancha hacia Carlitos, quien no pudo evitar sentirse intimidado al ver a esa gran señora dirigirse derecha hacia él.

— Tú eres Carlos, ¿verdad? Ay, hijo, qué angustia que he pasado, Leandro me ha dicho que estabas bien, pero ¿cómo vas a estar bien? Mira, con esa cara que traes, que parece que te has escapado de aquí. Yo soy Julia, su madre. Dame un besito, guapo.

Antes de que Carlitos pudiera abrir la boca o moverse, Julia ya estaba dándole más besos de los que ninguna de sus dos abuelas le habían dado jamás, y con tanta fuerza que sintió dolor en la mandíbula.

— ¡Ah! Y ustedes son los padres, ¿no? Encantada. Qué hijo más mono tienen.

— Igualmente. Señor Buendía…—Catalina se acercó a la cama y saludo al profesor con un par de besos—. Carlos nos ha hablado mucho de usted. Ahora que por fin le veo, me gustaría darle las gracias por todo lo que ha hecho por él.

— Oh, bueno, tampoco es…—Buendía sonrió un tanto sonrojado.

— No, no, no, se lo digo en serio. No vea usted el cambio estos últimos meses.

José Manuel habría dado por finalizada la visita en ese punto, pero se distrajo con aquella anciana tan enorme. Pensó que debía de haber trabajado en un circo o algo así.

Julia miró a Carlitos con una sonrisa y se inclinó para hablarle a la oreja:

— Leandro me ha contado lo tuyo. Ya verás como con el tiempo conseguirás dominarlo.

— ¿Usted cree?—sonrió Carlitos. Sonaba como si estuviera hablando con la voz de la experiencia, desde luego.

— O no, tampoco te hagas muchas ilusiones. Pero vamos, que todo puede pasar; tú inténtalo—luego añadió, en un tono menos confidencial—. De verdad, me alegro mucho, muchísimo de conocerte.

— Lo mismo digo, señora.

— Julia. Tú llámame Julia. Y cuando quieras te vienes a mi casa y meriendas o cenas, o te vienes a jugar a la Pleisteition.

— ¿Tiene una Play Station?

— Sí. La tres. A ver si te crees que a todas nos da por ver el Sálvame por las tardes—Julia alzó una ceja, al ver la expresión de incredulidad jocosa de Carlitos—. ¿Que no me crees? Bueno, tú vente, y ya veremos. Tengo el juego este del Minecraft, de hacer construcciones, otro de Sonic, que es el que más me gusta, de carreras de coches, otro de fútbol, el PES, me ha dicho Dulce que se llama, y me estoy intentando pasar otro que va de disparar a zombies, o, no sé, unos bichos muy feos, pero como me da mucho canguelo apenas juego.

— Yo es que soy más de PC, ¿sabe?

— Leandro tiene un pez de esos, ¿cómo van los juegos ahí?

Carlitos le habría explicado, pero Catalina se hizo a un lado y dejó que se acercara para hablar con Buendía mientras ella se iba a hablar con la mujer.

— Pues mira, ya has conocido a mi madre—sonrió Buendía, señalándola con la cabeza.

— Es…Vaya…Es muy grande…

— Lo sé. Y muy fuerte. Ahora se está controlando, pero a veces se le escapa.

Se quedaron en silencio por un momento.

— Profe…—Carlitos se acercó para hablar en voz baja—. Lo de ayer…Tengo miedo…¿Usted se cree lo que dicen en las noticias, que puede haber sido un atentado?

— No lo sé, chico. No tengo ni idea.

— No es por creerme aquí alguien importante, pero…No sé, no dejo de pensar que puede ser aquel hombre, que ha vuelto y aún me quiere quitar de en medio, como cuando…

Buendía quiso decirle algo tranquilizador a Carlitos, pero estaba de acuerdo con él. Había puesto la televisión en la habitación aquella mañana, había leído los periódicos. Parecía ser que el tirador, una única persona, había disparado tan solo dos veces. Una había matado a una mujer y la otra lo había herido a él. Encontraron los casquillos de bala en la azotea de un edificio al otro lado de la calle, pero ni rastro del francotirador. Se había especulado por un momento que hubiera sido un ataque yihadista, hipótesis que se descartó pronto. Buendía tampoco se creía ninguna de las otras hipótesis, que decían que podría haber sido obra de un loco, de algún tipo que quería ajustar cuentas con aquella infeliz…No, no sabiendo que, unos pocos meses atrás, a Carlitos lo habían sacado de la cama para degollarlo en una furgoneta. Tan solo dos disparos y los dos dirigidos a donde se encontraba él.

— …Ya ve lo que le dije, que conmigo no hay un momento de paz…

Buendía miró a Carlitos.

— ¿Vas a volver a decirme que debería marcharme antes de que acabe criando malvas? Pues, lo siento, pero esto sólo me da más motivos para preocuparme por ti y no dejarte solo. Si hay alguien que te quiere hacer daño, va a tener que vérselas conmigo primero.

Carlitos se mordió el labio inferior y apretó la mano de su profesor. Al verlos así, José Manuel frunció el ceño. Volvió a tener la sospecha de que entre los dos había algo indecente, y eso no lo permitiría. Se acercó a la cama y pensó en entablar conversación con el profesor, pero no se le ocurría ni por donde empezar, porque saltaba a la vista que lo único que tenían en común era que pertenecían al género humano, así que cambió de idea:

— Me alegra ver que está usted bien. Nosotros nos tenemos que ir ya, que tenemos que ir a ver a la abuela a la residencia, que está muy malita.

— Si la abuela está…—quiso decir Carlitos.

— Que te calles, niño—le musitó José Manuel, agarrándolo del hombro.

— ¿Ya se van?—preguntó Julia—. En fin, ha sido un placer conocerles.

— Espero que se mejore, señor Buendía—le dijo Catalina.

— Han sido muy amable. Carlitos—Buendía, alzó su brazo sano para despedirse del muchacho y su familia—, cuando salga terminaremos de tomarnos los refrescos.

Carlitos sonrió y alzó un pulgar. José Manuel los empujó hacia afuera, a lo que Catalina protestó por lo bajo. Una vez se fueron, Julia se estremeció de la cabeza a los pies.

— El niño es un sol, aunque dé tan mala espina. Y la madre es un encanto—tuvo que hacer una pausa para saber qué comentario positivo podía sacar del padre.

— Sí…—asintió Buendía.

— No creo que sea tan malo como lo pintan—dijo Julia, rindiéndose finalmente en cuanto a lo de decir algo sobre José Manuel.

— En absoluto—Buendía se recostó un poco.

 

 

Manolo se rascó la barba de tres días mientras leía el periódico.

— La madre que me parió, quien quiera que fuera…—masculló.

Su acompañante lo miró inquisitivo y como no recibió respuesta siguió bebiendo. Manolo finalmente soltó el periódico con un suspiro hastiado y se acercó su taza de café, para echarle azúcar.

No sabía quién había hecho eso, pero había hecho saltar la alarma no solo en España, sino en toda Europa. Menos mal que había pedido discreción. Menuda pandilla se había buscado, eso le pasaba por contratar a aficionados.

 

 

 

 

 

 

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