Supergafe: El gato cabrón

Carlitos tiene fobia a los gatos y, para colmo, una vecina suya tiene un gato muy poco simpático.

Carlitos no recordaba buena parte de su infancia (por fortuna), pero sí sabía a la perfección de dónde venía su fobia a los gatos.

En su barrio siempre había habido montones de gatos callejeros, unos más acostumbrados a las personas que otros. Como mucha gente les daba de comer, llegaron a convertirse en una plaga en ocasiones. La cosa ocurrió cuando Carlitos iba a la guardería, de eso estaba seguro, como de que había sido un niño muy imbécil. Si los adultos le decían que no hiciera algo, él lo hacía, metía las narices en todo…Y no se le ocurrió otra cosa que querer acariciar a uno de esos gatos vagabundos, y el animal saltó a su cara para arañarlo. Por aquel entonces Carlitos no era consciente de que los animales se estresaban cada vez que él estaba cerca. Fuera el animal que fuera, huía despavorido en cuanto notaba su presencia, y los que no podían escapar se encaraban con él para tratar de alejarlo lo más posible de ellos, que fue lo que hizo aquel felino.

Desde entonces, no podía ver a ninguna de esas criaturas. Muchas veces tenía que alejarse de Internet, ya que allí se veneran a los gatos. Nadie que conocía se tomaba en serio su problema, como su primo, que era aficionado a hacerle ver vídeos de gatitos adorables y se partía el pecho de risa al verlo palidecer y apartar los ojos con pavor. Pero quien más le tocaba la moral con el tema era la vecina de enfrente, la Pili. Esta señora era una divorciada cincuentona adicta a las revistas de cotilleo y a espiar a través de la mirilla de la puerta. Su otra gran afición era mimar a su gato Gordo, una bola de pelo muy gorda y negra con ojos verdes esmeralda, y tan mimado lo tenía que el minino se había convertido en el rey de la casa. Era capaz de arañar los sillones, tirar la porcelana y atacar a las visitas y recibir besos y carantoñas como recompensa. La hija ya casada y con hijos de la Pili se había quejado algunas veces de que su madre cuidaba del gato con más empeño del que había puesto en su propia familia; parecía que exageraba, pero cualquiera que conociera bien a la señora sabía que era la verdad más absoluta. Realmente le tenía más cariño a aquel animal que a las personas.

El problema con Gordo era que, al contrario que todos los demás animales, parecía ir siempre al encuentro de Carlitos, como si supiera lo poco que le gustaban los de su especie y tuviera la mala leche de actuar contra sus instintos con tal de hacerle pasar un mal rato. En cuanto abría la puerta, se escapaba del piso y vagaba por el bloque. Tal vez fuera de esa manera o de otra que se les escapaba a los Benítez-Serrano como el gato entraba a su casa y daba sustos de muerte a Carlitos. La familia se quejó muchas veces a la Pili y terminaron desistiendo, ya que era evidente que sus quejas le entraban por un oído y le salían por el otro, no solo porque Gordo siempre volvía a hacer de las suyas, sino porque muchas veces no se molestaba en esperar a estar en su casa para murmurar unas lindezas como: <<qué niño más estúpido, con lo buenino que eres tú, cariñito>>. El gato tampoco era mucho mejor. Una vez que Ele estaba de visita y se cruzó con el gato en el descansillo, habiendo oído el problema que tenía su amigo con él, se paró un momento para intentar razonar con él y que lo dejara tranquilo. Él siempre decía que los conflictos entre humanos y animales no se debían más que a la falta de comunicación entre unos y otros. Sin embargo, cuando finalmente llegó al piso de su amigo, le dijo, con cara aún chocada:

— Pues tenías razón, tío. ¡Es un hijoputa!

Carlitos terminó por asumir que le tocaba aguantarse y hacerse a la idea de que en cualquier momento se lo encontraría.

Esa mañana le pilló completamente desprevenido. Carlitos se levantó tarde, con la almohada empapada de su saliva al haber dormido con la boca bien abierta. Dio muchas vueltas y soltó muchos gruñidos hasta que por fin se decidió a abandonar la cama. Ya en pie, se estiró, soltó un bostezo de hipopótamo y fue a tientas hacia la ventana para abrir la persiana, tropezándose en el camino con la silla del escritorio. Al abrir la persiana, su sueño de disipó de golpe al ver una enorme masa negra en la ventana. No reconoció de inmediato a Gordo, pero que fuera él no era nada tranquilizador. Retrocedió mientras Gordo se volvía para mirarlo. No lo había asustado la persiana, tan solo le dirigió a Carlitos una mirada como de fastidio antes de bajar la cabeza y volver a cerrar los ojos.

— ¡Mamá! ¡Mamá!

Catalina no respondió. Carlitos salió corriendo de la habitación y la buscó por todas partes, pero ella no se encontraba en casa. Seguramente había salido a los recados mientras estaba durmiendo. Y su padre estaba trabajando, así que tenía que resolver aquel problema él mismo. Carlitos volvió a su habitación y se quedó en el umbral de la puerta, considerando qué debía hacer. Finalmente, tragó saliva y se acercó como si en vez de un gato fuera un tigre. Dio un golpecito al cristal. Gordo ni se inmutó; tuvo que dar otro golpe más fuerte.

— Largo…Largo, bicho…

Gordo por fin abrió los ojos, pero no se movió del alféizar. Carlitos volvió a retroceder. ¿Cómo demonios había llegado ahí? Era imposible. A no ser que realmente fuera un bicho infernal, como él siempre había sostenido. Tal vez no; una vez se hubo sosegado un poco, Carlitos terminó por pensar que tal vez había entrado de alguna manera en la casa, se había colado en su dormitorio mientras dormía y había saltado a la ventana, que había estado abierta por la noche por el calor. Debía de ser eso. O no. ¡Qué sabía él! Se estaba volviendo loco. Decidió dejar de darle vueltas a aquel asunto y concentrarse en lo verdaderamente importante, que era sacar al gato cojonero de ahí.

No quería acercarse a él, pero se veía que no había más remedio, pues estaba solo. ¿Y si llamaba a Hiro, para que…? No, no, no, no. Lo afrontaría como un adulto. Respiró hondo y se acercó al gato, murmurando entre dientes cosas que en un principio debían haber servido para tranquilizarlo pero terminaron siendo completamente ininteligibles hasta para una persona. Gordo, al verlo acercarse, se irguió un poco y meneó lentamente la cola. Carlitos extendió los brazos y, antes de que se arrepintiera de su decisión, se abalanzó sobre el gato y lo agarró. Gordo bufó y se revolvió agitando sus uñas afiladas. Carlitos soltó un gritito poco masculino y su primer impulso fue el de alejar ese monstruo de él.

Hasta dos segundos después del empujón, no se dio cuenta de lo que había hecho. Llevándose la mano a la boca, se asomó por la ventana. Esperaba que eso de que los gatos caían de pie fuera verdad. Por desgracia, no ocurrió así en el caso de Gordo. Y, como si la Providencia hubiera decidido que no era suficiente, Carlitos oyó un grito en la calle, tan sonoro y desgarrado que muchos peatones se asomaron sobrecogidos. Había caído a dos metros de la Pili, que venía de los recados.

Catalina había ido al supermercado a comprar. Cuando llegó a su bloque, vio que había un coche de la policía cerca. Se había terminado por acostumbrar a su presencia, debido a las frecuentes peleas y trapicheos en el barrio, así que no se sorprendió demasiado. Cuando vio que los agentes estaban en la puerta del edificio, rodeando a su hijo en pijama y algunos vecinos, sí que se alarmó. Se acercó y vio a una de las vecinas, aquella cotilla insufrible, llorando desquiciada, mientras acariciaba lo que parecía un abrigo negro, que luego supo que era un gato, su gato.

— ¡MONSTRUO!— le oyó gritarle a Carlitos— . ¡¡Lo has matado!! ¡¡Has sido tú!! ¡¡Lo odiabas y lo has matado mientras yo no estaba!!

—  ¡Ya le he dicho que fue un…!— Carlitos quiso defenderse, pero cada vez que abría la boca, la señora lo interrumpía.

—  ¡Era un gatito muy, muy bueno, señor agente! ¡Lo que pasa es que él es un psicópata que odia a los gatos! ¡Tienen que detenerlo y mandarlo a un correccional, por vándalo y por bestia!

—  ¿Bueno? ¡Los cojones, era bueno!— protestó Carlitos. Quiso decir más, pero esta vez quien le interrumpió fue una agente.

—  Venga, venga. No te pongas a gritar tú también— la mujer habló con la Pili en un tono más conciliador— . Señora, el chico no tenía intención de hacerlo. Fue un accidente, ¿comprende?

—  ¡No ha sido un accidente! ¡Es un asesino de gatos, un criminal!

La agente miró a su compañero de forma que todos menos la Pili supieron que desistía de tratar de convencerla, porque no la iba a escuchar. El policía se dirigió entonces a Carlitos, le dijo algo en voz baja y Carlitos asintió y entró en el edificio. Catalina corrió para darle alcance.

—  ¡Y ahí está la madre, que le aplaude todo lo que hace!—gritó entonces la Pili, señalándola con un dedo acusador.

—  ¿Es usted la madre del chico?—le preguntó el agente.

—  Sí, ¿qué ha pasado?

El agente la alejó un poco del gentío para contarle por qué la Pili les había llamado y la versión de Carlitos y algunos testigos.

—  ¿No es la primera vez que se les cuela en casa, entonces?

—  Qué va, pasaba muy a menudo. Y como el pobrecito mío les tiene un miedo de muerte…

—  Ya…No se preocupe, que no vamos a detener a su hijo por un accidente, aunque la señora asegura que les va a denunciar, así que…

—  Pero si ya saben que él no lo hizo con…

—  Eso tendrán que arreglarlo ustedes con ella. Déjele que se le pase el disgusto y luego hablen como las personas.

Catalina aceptó su propuesta. Se despidió del agente y siguió a su hijo. La Pili, al ver que los policías se iban sin llevarse a Carlitos a la comisaría, le espetó:

—  ¡Os voy a denunciar, golfa! ¡A tu hijo por asesino y a ti por dejarlo sin vigilancia!

—  ¡Golfa lo serás tú, vieja asquerosa!— replicó Catalina, en un gruñido, pero aún así lo suficientemente alto como para que la Pili se la quedara mirando indignada.

Ignoró a la señora y a los vecinos que murmuraban y subió a casa. Carlitos se estaba paseando por la entrada, esperándola. En cuanto cerró la puerta, la miró con cara de cordero degollado.

—  Lo siento, la he cagado…Pero digo la verdad, no quería cargarme al bicho…

—  Tú no te preocupes, hijo, que ya lo sé— le dijo Catalina.

Los Benítez-Serrano ya no volvieron a tener nunca más contacto con el 1ºD que la denuncia que, efectivamente, les puso. La Pili les negó para el resto de su vida el saludo, hasta el reconocimiento de su existencia, cuando se encontraban en la calle o en el edificio. No quiso ni oír hablar de la propuesta de José Manuel de que se compraran otro gato a su cuenta y se sumió en luto por varios meses. Aquello no les disgustó demasiado. Aunque nadie quería aquel final, al menos el problema había desaparecido.

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