Gafe: Viejos amigos

Amnesia tiene una charlita con un antiguo compañero de instituto, en la que sale a relucir que le faltan unos pocos tornillos.

— Tanto echarte pisto y luego…—se mofó Caspa.

A Miguel no le habrían importado demasiado sus palabras, pero aquella debía de ser la decimoquinta vez que el casposo hacía referencia a la descomunal metedura de pasta, y ya se le estaban empezando a hinchar los bajos.

— Al menos yo he movido el culo—replicó, encarándose con él—. ¿Qué has hecho tú?

Paco no creyó que Caspa se fuera a picar como lo hizo. Igualito que un niño pequeño.

— ¿Te crees que me he estado tocando los huevos? ¿Eh? Pues te voy a decir una cosita, gafotas: mientras tú andabas por ahí disfrazándote y cazando Pokémons, el menda lleva años haciendo estas cosas, sé exactamente cómo secuestrar a una persona sin terminar poniendo al país en estado de alarma.  Mañana mismo se lo llevaré en bandeja al jefe.

— Muy bien—Miguel se cruzó de brazos—. Mañana, ¿eh? Vale.

— Ya verás.

Amnesia puso los ojos en blanco, detalle que pasó desapercibido por sus gafas y el hecho de que había estado ahí, de pie y callada, aparentemente mirando su tablet sin prestar atención a la conversación. La apagó y se la metió a la mochila.

— Me tengo que ir—dijo, y no tardó ni un segundo en alejarse, sin oír lo que ninguno de los tres fuera a decirle.

Era bastante pronto para volver a casa, pero tenía que hacer muchos transbordos, y no quería preocupar a sus padres llegando a tarde a casa por quedarse a escuchar necedades. Estaba segura de que aquel tipejo no conseguiría nada. Ya había tenido su oportunidad una vez, cuando las cosas eran mucho más fáciles, y no había sido capaz de hacerlo. Si Miguel, que tenía poderes espectaculares, había fallado estrepitosamente, él, por mucha experiencia que tuviera, no lo conseguiría. Demonios, se comería su propia bata si lo hiciera.

La parada de autobús no estaba lejos de allí. Amnesia se apostó junto a la pantalla informativa y sacó sus auriculares para evadirse durante el largo viaje y olvidarse de Caspa, el tal Benítez y todo aquel cochino mundo. Pero entonces vio por el rabillo del ojo una figura que la hizo detenerse y sonreír.

Hacía años que no veía a Armand Davini. Era éste un chico paralítico de nacimiento, descendiente de italianos. El chaval no había cambiado nada de nada en todo ese tiempo: seguía con la misma cara de estreñido y anclado en su silla de ruedas. Amnesia no podía decir que fuera una agradable sorpresa encontrárselo, porque nunca jamás se habían llevado bien: siempre había existido entre ellos una silenciosa pero ardiente rivalidad, una era de ciencias y el otro, de letras; pero aún así sonrió al verlo. Armand no hizo lo mismo. Cuando se dio cuenta de que le estaba mirando, pareció como si se hubiera quedado sin aliento por unos segundos. Dudó y, en vista de que Amnesia se lo había quedado mirando sin ir a su encuentro, se terminó acercando él. Tras su sorpresa inicial mal disimulada, su cara adoptó una actitud fría, casi de asco.

— Vaya…Fernanda…No me esperaba encontrarte aquí—dijo—. Esperaba que siguieras en el correccional.

— ¿Correccional? ¿Qué correccional?—la sonrisa de Amnesia se ensanchó.

Armand respiró hondo. A Amnesia le pareció que eso era un esfuerzo por disimular su nerviosismo, y le encantó, así que se propuso no dejar de sonreír de aquella manera ni aunque le ardieran los músculos de la cara.

— Te haces la tonta…Ya veo…—los ojos de Armand examinaron a Amnesia e hizo una mueca burlona—. Tú como siempre, ¿no? Aunque has cambiado de estilo.

— Sí, bueno, lo de la bata no es del todo por gusto, es que odio la ropa de niña. Pero no hay remedio. Qué le vamos a hacer. Las gafas son otra cosa.

Mjm.

— Tú, en cambio, sigues como antes. Ni siquiera has cambiado de corte de pelo. Y  las gafas ¿son las mismas? Vaya, creí que los matones del instituto te las romperían tarde o temprano, por listillo.

— ¿Qué has estado haciendo últimamente?

— Supongo que lo mismo que has estado haciendo tú: estudiar, salir a tomar el fresco, esas cosas que hacemos todos…

— ¿Lo mismo que yo?—Armand soltó una pequeña risita que sonó como chsssst, breve y casi inexpresiva—. Permíteme dudarlo.

Guardó silencio, pero Amnesia se limitó a sostenerle la mirada sin decir nada ni mostrar sentimiento alguno, así que el chico continuó:

— ¿Y a qué instituto vas ahora?

— Haces muchas preguntas. Yo creía que mi vida te importaba un pito.

— Te lo pregunto para advertir a todo el mundo de que tenga cuidado contigo. Para que sepan quién eres y lo que haces.

Amnesia siguió mirándolo en silencio con una expresión divertida.

— Porque puedes ir por ahí haciéndote la inocente, pero yo sé cómo te las gastas. Y hay mucha gente cabreada que hará todo lo posible por joderte la vida igual que se la jodiste tú a ellos. ¿Te acuerdas de Moisés? ¿Y de Cristina? ¿Anita? ¿Marta?

— No, no me suenan—sin embargo, la sonrisa de Amnesia había empezado a borrarse. Armand lo vio y lo animó a continuar:

— Pues ellos sí se acuerdan mucho de ti. Cuando les diga que te he visto, se van a poner locos de alegría, porque desde que te expulsaron no volvimos a saber de ti, creímos que te habías ido de Madrid. ¿No te gustaría volver a ver a los antiguos compis de clase?

Amnesia volvió a quedarse callada, esta vez sin sonreír. Armand se sentía triunfante. No obstante, cuando ya estaba pensando en darle el golpe definitivo, la sonrisa de Amnesia reapareció, y en más de un sentido. No era la sonrisa de antes, sino de mucho antes. Nunca la había visto personalmente, pero se la habían descrito: ancha, feliz… desquiciada. Armand no pudo fingir indiferencia aquella vez.

— Nunca me han gustado las reunioncitas de amigos—dijo Amnesia, en un tono de voz un poco más agudo y silbante—. Y siento decir que, aparte de los estudios, estoy metida en un proyecto que consume casi todo mi tiempo libre, así que no tengo tiempo para eso. Oh, pero dale recuerdos a los…compis.

Las demás personas que esperaban en la parada no les prestaron demasiada atención, ya que su conversación había sido tremendamente tranquila. Eran simplemente dos amigos que se encontraban, seguramente. Sí, eso debían ser, porque la chica, una niña, se acercó al chico en silla de ruedas y le dio un abrazo (algunos sonrieron, pensando que era conmovedor).

Amnesia acercó sus labios al oído de Armand.

Adiós, Armand. Espero no volver a verte nunca más. 

El autobús acababa de hacer su aparición cerca de allí, pero Amnesia decidió irse andando. No se giró para ver el efecto de sus palabras sobre el chico, siguió caminando sin parar y sin mirar atrás, hasta llegar a una zona arbolada. Allí, se paró, apoyó la espalda en un árbol y respiró entrecortadamente. Cerró los ojos con fuerza, apretó los dientes, se arañó los brazos. Unos minutos después, ya más tranquila, dio media vuelta, hacia la parada.

Sí, Caspa fracasaría, y se sentía tentada de hacerle una foto a la cara de imbécil que traería al día siguiente.

En cuanto a ella, al contrario que él, no tenía prisa. Eso no quería decir que se limitara a esperar con las manos en los bolsillos. Oh, no. Simplemente era paciente. Todo estaba yendo suave como la seda. <<Sobre ruedas>>, pensó, y eso le hizo acordarse de Armand. Se rió ella sola en medio de la calle.

 

 

Anuncios

¿Qué te ha parecido?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s