Supergafe: Refrescos, música y burundanga

Carlitos y sus amigos salen por la noche, dispuestos a pasar un buen rato (y quizás ligar). Pero Caspa prometió llevarle a su jefe su presa.

El pub no estaba nada mal, eso había que reconocerlo. La música estaba quizás demasiado alta, pero aquel ambiente puramente irlandés y el agradable olor que flotaba en el aire gustaron a Carlitos. Era verdad que el pijo de Boris conocía lugares con encanto; había todo un abismo entre eso y las tascas a las que su padre lo había llevado desde que nació. Hablando de Boris, aquella noche el tipo parecía más simpático que de costumbre, aunque no estaba claro si se debía a que había vencido sus reticencias a pasar el rato con ellos o al alcohol. Aunque todo el grupo se había vestido de una forma bastante decente para salir, él destacaba, parecía que iba a una fiesta de Nochevieja y no a salir un rato con unos tipejos a los que detestaba.

— ¿Conoces el arte de Gaudí? Es lo mejor de Barcelona—le decía a Hiro.

— Gaudí…Creo que no suena—respondió Hiro, apoyando un brazo en la barra, a la vez que le daba un sorbito a su refresco.

— Aunque la playa tampoco está mal. Lo cierto es que muchas veces está llena de gentuza y tienes que alejarte de la gente para disfrutarla. Yo fui con unos amigos en el yate del padre de uno de ellos…

— Oye, Hiro, ¿estos tipos que tenemos al lado son japoneses?—Ele agarró a Hiro y le habló a la oreja—. Carlitos dice que lo son, pero a mí me parece que son más bien chinos.

Hiro escuchó discretamente la conversación que tenían los susodichos, unos jóvenes mayores que ellos, orientales, que, como todo el mundo allí, tenían pinta de sibaritas. No fue fácil debido al volumen de la música, pero captó lo suficiente.

— No, diría que son de Corea—juzgó Hiro finalmente.

— ¿Y qué diferencia hay?—preguntó Carlitos.

— Oh, pues para empezar, escriben de forma…

Boris fulminó con la mirada a Ele y a Carlitos, se terminó lo poco que quedaba de su bebida y pidió otra. ¡Habían interrumpido su conversación con todo el morro! (Aunque había sido más bien un monólogo, pues Hiro apenas había abierto la boca aquella noche).

A un extremo de la barra, Caspa se tomaba un cubalibre sin perder de vista a los cinco muchachos, en especial al moreno de los rizos. A ése se le iba a acabar pronto la diversión. Llevaba en los bolsillos una bolsita con burundanga, cortesía de un colega suyo entendido en materia de hierbas, que supuestamente anulaba la voluntad de quienes la consumían. Al menos, eso decían en los telediarios y eso le había asegurado su amigo. Esperaba que fuera cierto, porque era la base de su plan, absolutamente fundamental.

El pub se había llenado en apenas un rato. La gente estaba apretujada en la barra. Perfecto. Una vez estuvo seguro de cuál era la mejor forma de proceder, no perdió ni un segundo y fue derecho hacia Carlitos, bebida en mano.

— Pues la Usun Yoon está buena—opinó éste.

Normalmente, Caspa atravesaba todo lo que se interponía en su camino, pero aquella vez obligó a los átomos de su cuerpo a quedarse quietos, de modo que chocó violentamente contra el muchacho. El vaso estuvo a punto de escapársele de las manos a Carlitos y Caspa corrió a sujetarla antes de que cayera al suelo.

— ¡Ey, perdona, chaval!—exclamó Caspa.

— No, no pasa nada—respondió Carlitos. El pub estaba atestado de gente y era difícil no chocarse con nadie.

Caspa se alejó y, desde una distancia segura, dio un sorbo a su bebida y esperó, sin poder reprimir una sonrisa, a que Carlitos hiciera lo mismo. Su amigo le había asegurado que esa porquería hacía efecto en unos pocos minutos. Entonces, esperaría de nuevo a que se quedara solo, vulnerable (<<alguna vez tendrá que ir al baño, digo yo>>) y se lo llevaría. Chupado.

Boris había aprovechado aquel segundo de distracción para retomar su conversación con Hiro, de modo que Carlitos siguió charlando con los gemelos.

— ¿Está bueno?—preguntó, señalando el tubo de cerveza de Dulce.

— Meh. Lo mismo que sirven en cualquier sitio, solo que más caro—respondió ella.

— ¿Puedo?

Dulce se encogió de hombros y ofreció su vaso a Carlitos, con la esperanza de que no dejara muchas babas en él. Él le dio un sorbito, arrugando un poco la nariz.

— Pues sí, no está muy allá…

— ¿Y eso qué es? ¿Coca-Cola?—preguntó Ele.

— Pepsi. Coca-Cola no tienen.

La verdad es que nunca la he probado.

— Ah, ¿no?

— No. No tomo bebidas con gas. Pero nunca he sabido qué diferencia hay entre esas dos…¿Me dejas probar?

— Claro. Toma, bébete lo que queda.

— Solo un poquito.

Se terminó la bebida de un sorbo. Caspa alzó las cejas. ¿Qué hacía el de las rastas? ¡No! ¡Eso era para Benítez! Soltó un pequeño gruñido exasperado. Había discutido con su novia por dejarla plantada aquella noche, en que sus suegros los habían invitado a cenar, se había pasado horas buscando y luego siguiendo a esos niñatos, sin contar con los costes de la droga, porque su amigo no se la había regalado…Maldición…¿Y ahora qué? Dio un violento trago a su bebida, con la esperanza de poder emborracharse al menos, pero en aquel maldito antro no sabían ni preparar un buen cubata. Dejó el vaso en cualquier sitio y se largó, hecho una furia.

Elena sintió que tenía la boca increíblemente seca. Pidió un vaso de agua y se lo bebió en un santiamén, pero no parecía ayudar en nada. Parpadeó y luego cerró los ojos.

— ¿Estás bien?—Dulce posó su mano en su hombro y Ele tardó en mirarla.

— Pues…No…Estoy un poco…Se me va la…

— Eh, me salgo con el greñas afuera un momento—anunció su hermana a los demás.

— ¿Está bien?—preguntó Hiro.

— Se ha mareado.

Carlitos acompañó a los gemelos afuera. Encontró a Ele sentado en el suelo y Dulce de cuclillas a su lado, era evidente que el chico no se encontraba bien en absoluto. <<Sí que es verdad que le sienta fatal el gas>>, pensó. Parpadeaba y miraba a su alrededor como si se hubiera quedado ciego y no parecía ser capaz de moverse.

— ¿Quieres que nos vayamos a casa?—le preguntó Dulce al cabo de unos minutos.

Meeeeehhh…—fue la contestación de su hermano.

— Sí, tú te vas derecho a la cama—Dulce lo ayudó a levantarse y lo rodeó con un brazo. Se volvió a continuación hacia Carlitos—. Éste no tiene buen aspecto. Me lo llevo.

— Os acompaño—se ofreció Carlitos.

Dulce iba a decirle que no, porque no quería que su mal fario empeorara la situación, pero estaban lejos de casa y le vendría bien que le echaran una mano por si las cosas se torcían, así que terminó aceptando su compañía. A regañadientes. Carlitos volvió a entrar al pub, aunque se encontró a Hiro en la puerta, cuando se iba a asomar.

— Eh, chicos, nos llevamos a Ele a casa—les dijo a él y a Boris.

— ¿No mejora?—preguntó Boris.

— Qué va. Espérate a ver si no termina en Urgencias. Yo me voy con ellos. Euh…Ya os pagaremos las consumiciones…

— Eso no importa. Ve con ellos.

— Ponte bien—le deseó Hiro a Ele.

Ele volvió la cabeza hacia ellos y dijo algo, pero no parecía estar hablando en ningún idioma comprensible. Carlitos hizo un gesto de despedida y se alejó con los gemelos. Boris esperó a que les dieran la espalda para sonreír. Por fin se había quedado solo con Hiro, sin que esos pelmas estuvieran ahí molestando.

— ¿Qué es gracioso?—preguntó Hiro al verlo.

— No, simplemente pensaba que la próxima vez será mejor quedar en un camping o algún sitio al aire libre. Ejem…

— Sí…—Hiro miró su vaso y tamborileó los dedos en su superficie, para volver a mirar a Boris con una sonrisita tímida—. Pues…nos hemos quedado solos…

— Ya…Oye, si quieres irte tú también…

— No, está bien. Este sitio es bueno.

— Lo decía porque como Carlitos ya no está y nosotros dos apenas nos conocemos…Por si no te sentías cómodo.

— Así nos conocemos mejor—Hiro tomó un sorbo—. ¿Sabes? Dicen que eres un…bueno, muchas cosas. Pero yo no creo eso. Yo creo que tú eres…—desvió la mirada mientras repasaba su vocabulario de español—cojonudo.

Boris alzó una ceja y rió con suavidad.

— ¿Qué pasa? ¿No es buena esa palabra?

— No, no, está bien.

Hiro sonrió aliviado. Se quedaron en silencio un momento, hasta que Boris volvió a hablar:

— Siempre estás callado.

— Escucho. Trato de entender.

— Ah. Yo creía que eras el tímido del grupo.

— ¿Tímido? Ah. No, no soy tímido. Pero yo nunca hablo mucho, ni aquí ni en casa.

— Apuesto a que eres el chico misterioso que tiene locas a las chicas.

— Yo…—Hiro rió, sonrojándose un poquito—, je, bueno, he tenido…Sí. Algunas. Pero nunca novias.

— ¿No has tenido novia nunca?

Hiro negó con la cabeza.

— Pues no lo entiendo.

— No tengo tiempo para chicas. Amigos, poco, pero sí. Pero chicas…Difícil. Es mucho tiempo.

— Sí, es un compromiso.

— ¿Y tú? ¿Tienes pareja?

— No por el momento.

— Tampoco entiendo yo. Eres guapo, tienes dinero y eres divertido. A todas las chicas gustaría.

Oír aquello de los labios de Hiro hizo sonreír a Boris.

— Vas a hacer que me sonroje.

 

Había visto zombies más espabilados que Ele. Carlitos comenzó a pensar que quizás no era cosa de la Pepsi, porque en ese caso Ele se habría quejado del estómago, se habría puesto atacado de los nervios a causa de la cafeína, o cualquier cosa; ahora estaba medio dormido, callado. Dulce prácticamente lo iba arrastrando.

— Nuestros padres pensarán que se ha drogado o que se ha pasado con las copas. A ver si nos dejan volver a salir—murmuraba Dulce. Luego meneó a su hermano—. ¡Chst! ¡Niño!

Ele la miró con expresión bovina, pero no dijo nada.

— Madre mía…Pues eso, que gracias por acompañarme.

— No hay de qué—en vista de que Dulce cargaba con Ele, Carlitos cogió sus llaves y abrió la puerta del edificio por ella—. Oye, llámame mañana, a ver qué tal está. Espero que solo sea un mareíllo tonto.

— Sí, ya te diré…Buenas noches.

Ahora que estaban relativamente solos, porque era como si Ele no estuviera, Carlitos pensó que quizás era el momento de decirle algunas cosillas. Para cuando quiso decidirse, Dulce ya había desaparecido. Carlitos suspiró. Había que ser imbécil.

 

El móvil de Caspa comenzó a sonar cuando iba de camino a casa. No conocía el número. Iba tan molesto que lo habría ignorado, pero decidió cogerlo.

— ¿Sí?

— Conque en bandeja, ¿eh?

Conocía esa voz: el friki. ¿Cómo había conseguido su número, y cómo sabía lo que acababa de pasar? Seguro que había usado sus poderes para averiguarlo, podía estar observándolo en ese mismo instante, desde el sofá de su casa o allí mismo. Caspa no se dio cuenta de que se había detenido en seco.

— …¡Vete a tomar por culo! —le gritó al auricular, y cortó la llamada con tanta brusquedad que casi hizo un agujero en la pantalla de su móvil.

Pero los segundos de silencio incómodo y el tono brusco que vino después dieron a Miguel una satisfacción tremenda. Ese imbécil se lo había buscado, por gallito. Después de devolvérsela a Caspa, buscó el teléfono de Paco y lo llamó.

— ¿Sí?

— El casposo ha fallado, el chico vuelve ahora a casa solo. Prueba tú a ver, ya que estás cerca de ahí—Miguel quiso preguntarle qué era eso que se oía, como una especie de barullo, porque parecía que estuviera en el aeropuerto o en un centro comercial, pero sabía que estaba en casa.

— Vale, pos voy a ver qué puedo hacer. Gracias por el soplo.

Paco colgó y se quedó mirando el móvil, pensativo.

— ¿Quién era? —quiso saber su mujer tan pronto como pulsó el botón de colgar.

— Nah, s’han equivocao. Oye, me voy pafuera, a por hielo—Paco se levantó de la silla y fue a coger su chaqueta del perchero.

— ¿A estas horas? ¿Y pa qué coño quieres tú hielo, con este tiempo que hace?

— Pues pa las bebías, mujer. ¡Yo que sé! ¡Siempre viene bien tené deso! ¡Anda, que me voy!

— ¡Tú lo que vas es a ponerme los cuernos!

Los trece hijos, los padres de Paco y hasta el perro dejaron de armar jaleo y se hizo un silencio de ultratumba en el piso. Todos los ojos estaban puestos en Paco, y él sintió un agujero en el estómago.

— ¿Cómo te voy a poner los cuernos?—Paco fue a darle un besito, pero su buena mujer lo miró de tal forma que terminó retrocediendo—. Me ofende que pienses eso…

— Entonces dime la verdad, pa qué vas tú a salir…¡No venderás drogas!

— ¡No!

— ¿No? ¡Más te vale, porque como te vea chanchullá con esa mierda, te meto una paliza que te mato!

Paco suspiró y decidió volver a sentarse. Con eso pareció quedarse arreglado todo el asunto: las pequeñas volvieron a tirarse de los pelos, el padre volvió a darle volumen al televisor y el rottweiler volvió a ladrar sin más motivo aparente que las ganas de fastidiar. Paco lamentó haber tenido que dejar escapar aquella oportunidad y sintió no haber sido capaz de poner a su mujer en su sitio. Pero la Isabel era mucha Isabel. Si el jefe la hubiera conocido, lo hubiera comprendido. El hombre se quedó rumiando el asunto mientras su mujer agarraba a dos de sus hijos medianos y les hablaba en un tono confidencial:

— Vosotros no perdáis de vista a vuestro padre.

Antonio y Pedrete no querían espiar a su padre, pero tampoco querían exponerse a las consecuencias de desobedecer a su madre, así que aceptaron el encargo. Además, tal vez aquello fuera lo mejor: Paco se había estado comportando de una forma un poco rara últimamente, estaba nervioso, pensativo, y querían saber qué era, porque lo que le afectaba a él afectaba a toda la familia. La señora de la casa no quitó ojo a su marido en toda la noche.

 

 

 

 

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