Supergafe: ¿Para qué se esfuerza uno?

Paco desea complacer a Manolo porque el bienestar de su familia depende de su trabajo, así que se lanza a capturar a Carlitos de una vez por todas. Y tanto él como sus camaradas se llevarán un buen chasco.

 

— Seguramente me hubiera salido mejor tirar el dinero por la alcantarilla.

Paco no se atrevió a alzar la mirada. Movió nerviosamente los dedos de los pies dentro de los zapatos mientras Manolo miraba a sus sicarios como si estuviera intentando desollarlos con los ojos. Por el momento, solamente había conseguido agitar a Paco.

— Va a acabar el año y aún no habéis conseguido traerme a Benítez. ¿A qué demonios estáis esperando? ¿Pensáis que se os va a presentar a la puerta de vuestra casa envuelto para regalo? Más os vale espabilar, porque mi paciencia no es infinita.

<<Pues podría haberlo hecho usted mismo>>, pensó Caspa. Se lo habría dicho a la cara, pero resultaba que aquel hombre le estaba pagando un buen dinero, así que, por una vez en su vida, se mordió la lengua y se limitó a decirle las cuatro verdades mentalmente.

—Espero que os pongáis las pilas a la de ya, porque si no os juro que me buscaré a otros para que hagan el trabajo, que con la crisis los hay a patadas.

Después de la regañina cada uno se fue por su lado. Caspa, Miguel y Amnesia se olvidaron de ello casi inmediatamente, Paco fue el único que se tomó en serio las amenazas. Le decían que no hiciera ni caso, que estaban haciendo lo que podían y que para esas cosas hacía falta paciencia; que no era el fin del mundo si Manolo terminaba confiándoles la tarea a otros.

Que no era el fin del mundo…Claro. Era fácil decir eso cuando no se tenían catorce bocas que alimentar.

Amnesia contempló cómo el hombre se alejaba primero. Era un libro abierto, no hacía falta tener una gran sagacidad para saber en qué estaba pensando. De modo que corrió a agarrar a Miguel antes de que se fuera.

— Oye, Miguel.

— ¿Qué?

— ¿Te podrías disfrazar de algún personaje que lea mentes, que vea a través de los ojos de otra persona?

Charles Xavier es tu hombre. ¿Por qué?

— Estate pendiente de Paco. A ver qué hace.

 

Paco no dejó de pensar en el asunto durante el resto del día, hasta el punto de que su madre le llegó a reprochar que estaba “agilipollao perdío”, y esa noche durmió tan poco que se levantó de la cama a las cinco y media y esperó en la cocina, fumando y tomando café, a que amaneciera. Así decidió que se haría con el chaval ese mismo día, costara lo que costara.

 

Julia no se hacía la moderna cuando decía que le gustaban los videojuegos. Carlitos vio sobre el aparador un elemento que no encajaba del todo con las figuritas de porcelana, las fotografías familiares y los tapates de ganchillo: una PlayStation 3. <<No sabía qué tenían esos cacharros, que los chavales están locos con ellos, así que me compré uno en oferta y ¡oye, qué vicio!>>, le había explicado la señora. Había una balda entera dedicada a juegos para esa consola, algunos habían salido al mercado recientemente; y encima, no contenta con ello, Julia le había contado que consideraba comprarse una Wii, porque le habían dicho que con eso se perdía peso. Carlitos sintió una envidia cochina, no solo porque Julia tenía una buena pensión que se podía gastar en videojuegos, sino también hacia sus nietos, ¡ya desearía él tener una abuena con la que compartir aficiones! ¡Una trataba de estar lo más lejos posible de él y la otra le daba un pellizco cada vez que usaba la mano izquierda!

Durante la conversación que había surgido mientras ella le convidaba a unas rosquillas caseras, se habló de otro anciano peculiar: el abuelo paterno de Julia.

— Mi abuelito Cosme volaba.

— …¿En serio?—Carlitos masticó a continuación, manteniendo las cejas alzadas.

— Sí. Volaba por los aires como cualquiera nada en una piscina. Solamente lo hacía cuando estábamos los dos solos, claro, porque, ya sabes cómo son la gente en los pueblos, y en esa época, ¡uh!, ni te cuento. Además, a mis padres no les gustaba nada, nada que lo hiciera. Querían que fingiera ser normal…lo que quiera que sea eso.

Un pitido interrumpió la charla. Carlitos sacó su móvil y miró rápidamente quién era. Pensó que sería alguno de sus padres, pero no, era aquella tiparraca, Lourdes. Le comentaba lo mucho que llovía. Esa misma mañana le había mandado otro mensaje preguntándole qué hacía, ¡como si le importara mucho a ésa! Fastidiado, Carlitos se disculpó con Julia y dejó a la chica en “visto”. No tenía ni idea de cómo ni por qué se había hecho con su número, pero ahora no hacía más que mandarle mensajitos. Como siguiera así, la bloquearía.

— Pues qué suerte—suspiró Carlitos—, lo de tener un abuelo guay y que te entiende.

— Mi pobrecito niño…—Julia fue a hacerle carantoñas, cuando se oyó un estruendo. Se levantó y se adentró en el pasillo, volviendo a los pocos segundos para cumplir con su deber de anfitriona—. ¡Ay! ¡Otra vez el gato se ha subido al escritorio de Leandro! Menos mal que el ordenador no se ha roto, porque con la de cosas que tiene ahí…¿Estás bien? Tienes mala cara.

— No, no, estoy bien…

— ¿No te gustan las rosquillas?

— No, si me gustan. Le han salido buenísimas. Lo que pasa es que ya no puedo más.

— Entonces, ¿no te saco unas palmeritas?

— No, no se moleste.

— Bueno. Tú si te quedas con hambre, dímelo.

— Gracias, pero creo que debería irme ya. Aún me tengo que pasar a por unas cosas al súper, antes de que cierren.

— ¡Anda, mira qué horas son! No me había dado cuenta, hijo, perdóname, tanto hablar, hablar, hablar…

— No, si ha estado bien—sonrió Carlitos—. Me siento más relajado, escuchando la voz de la experiencia.

— Uy, qué cosas dices…—rió Julia—. Para eso está una. Tú si tienes algún problema, me lo dices, ¿eh? Que estamos en confianza, que la gente como nosotros se tiene que apoyar. Espera, que te meto las rosquillas en un táper para que te las lleves a casa.

Carlitos iba a decirle que no hacía falta, pero Julia había corrido hacia la cocina como las balas y no estaba dispuesta a aceptar una negativa, así que el chico se vio en la puerta con una fiambrera repleta de rosquillas.

— Pues muchas gracias, ¿eh?

— Gracias a ti, por darme conversación. Y por alegrarme a Leandrito, que hacía años que no le veía tan contento.

— Bueno…Adiós.

— Hasta la vista, cielito. Cuidado con los coches.

Carlitos salió del edificio y se dirigió a la parada del autobús que lo llevaría de vuelta al barrio. Tenía una pequeña sonrisa instalada en sus labios, que se negaba a irse. Siempre había pensado que las reuniones con pastelitos y largas charlas sobre sentimientos eran cosa de marujas, pero le habían dejado tan bien que ya estaba pensando en reunirse con la madre del profesor pronto. La buena mujer había pasado por alto el traspiés que casi la mandó al suelo y la lámpara que Carlitos había roto al quitarse la chaqueta, le había hecho sentirse como un nieto más…Solamente había pasado una tarde con ella y ya la quería como si fuera su propia abuelita del alma.

Tras comprar en el supermercado lo que le había encargado su madre, emprendió el camino de vuelta a casa. Paco lo había estado esperando.

Sabía dónde vivía, solamente le había faltado decisión, y ya la tenía. Esperó, porque tarde o temprano el chico tendría que salir solo a la calle. Podría llevarle todo el día, varios incluso (teniendo Internet, los jóvenes ya no salían a la calle), pero fue paciente. Fue al chino del barrio y se compró una litrona y también se pasó por el estanco a reponer sus provisiones de tabaco. Con esto, se sentó en un banco del parquecito que había frente al bloque en cuestión y pasó las horas bebiendo y fumando, aparentemente distraído pero alerta como un sabueso. Nadie le prestó atención. Le quedaba apenas un sorbo a la botella cuando vio acercarse al portal a aquel chico con cara de pan. Carlitos no le hizo caso y Paco también parecía indiferente, pero, en su pecho, su corazón bombeó rápido y con violencia. Cuando Carlitos estaba cerca de la puerta, Paco se levantó y, olvidándose de la cerveza, lo siguió a paso lento, cauto, hasta que se aseguró de que no había nadie. Entonces, se abalanzó sobre él antes de que llegara a meter la llave en la cerradura.

— Buenas tardes—lo saludó con una pequeña sonrisa.

Carlitos dio un brinco al oír aquella voz detrás de él y luego, cuando se giró, vio a aquel hombre a una distancia inquietantemente corta.

— Ah…Hola…

Carlitos había vivido toda su vida en aquel barrio y sabía dos cosas: que no era un vecino del bloque que iba a entrar a la par que él y que ese gesto solía ser una invitación a que le diera el móvil y todo el dinero que llevara encima. No se le pasó por la cabeza resistirse, ya tenía la cartera en la mano. Pero parecía que eso no era lo que el gitano quería de él.

Vamo a una vuerta—le invitó Paco.

— Yo…Es que…

Carlitos sintió un pequeño pinchazo en el vientre. De forma discreta, Paco había sacado una navaja de su padre, recuerdo de la hermosa ciudad de Toledo, y la había presionado suavemente contra el estómago del chico, para atajar cualquier tontería.

— Tú vente.

Carlitos miró a su alrededor, esperando que hubiera algún vecino alrededor, pero no había nadie. ¡Con todas las cotillas que había siempre al acecho, ahora que las necesitaba no estaban por ninguna parte! No tenía elección, así que tuvo que seguir a Paco, aún con la bolsa del súper en la mano. Él lo tomó del brazo disimuladamente, fingiendo amabilidad.

— Se siente, chico—le dijo por lo bajo—. Es solo trabajo.

Teniendo bien agarrado a Carlitos, una vez seguro de que no iba a escapar, Paco usó su mano libre para sacar el móvil de su abrigo y marcar el número de su jefe. Carlitos entrecerró los ojos. Gritar sería arriesgar su cuello. ¡Si tan solo alguien se diera cuenta de lo que estaba pasando! Cada vez se estaba haciendo más oscuro y Paco lo apartaba de la vista de la gente.

— Por favor, porfa…

— Cierra la boca, anda—Manolo descolgó el teléfono y Paco se dirigió a él—. Jefe, tengo a…

No llegó a continuar. Lo que ocurrió entonces fue tan repentino que Carlitos dio un salto y luego se quedó petrificado por un momento.

Una vecina del bloque de viviendas por el que estaban pasando, la señora Fani del 4ºD, se había asomado por la ventana de su dormitorio para comprobar si la maceta que había comprado en el todo a cien chino de la esquina cabía en el porta-macetas, porque al llegar a casa tuvo el presentimiento de que era demasiado grande. La maceta, vacía y con la etiquieta del precio aún pegada, se le resbaló de las manos y la señora dio un grito. Rezó por que no hubiera pasado nadie en ese momento por la calle; al mirar abajo y ver a un señor que yacía en el suelo con la cabeza ensangrentada se quedó pálida como un cadáver y tardó un poco en reaccionar y llamar a gritos a su José María. El matrimonio bajó a todo correr las escaleras y llamaron a los servicios de emergencia, mientras el marido llamaba loca a su mujer y la veía ya en la cárcel por asesina. Cuando bajaron y se arrodillaron junto a Paco, la señora respiró un poco más aliviada al comprobar que aún respiraba. Un grupo de gente no tardó en congregarse a su alrededor, alertada por los gritos.

Carlitos no estaba entre ellos. Le podían dar por saco a ese secuestrador, él no iba a quedarse a ver si estaba vivo o muerto. Corrió de vuelta a su casa y cerró la puerta como si le hubieran estado persiguiendo. Estaba tan nervioso que sujetaba la bolsa de la compra con una mano que parecía una tenaza. Su padre le lanzó una mirada inquisitiva desde el salón-comedor.

— Papá…No te lo vas a creer…

— No, si me imagino lo que me vas a decir. Lo tuyo no es normal, hijo…

 

Miguel torció el gesto.

— Uh…

— ¿Qué? ¿Pasa algo?—su amigo y compañero de piso, Víctor, lo había visto enfundarse el disfraz y quedarse sentado sobre el sofá con los ojos cerrados durante un largo rato. Lo había ignorado, pero ahora Miguel había abierto los ojos y parecía que había visto algo alarmante.

— No, nada. Ahora os ayudo con la cena.

— Nah, tú tranquilo, que esta noche calentamos unas pizzas.

El jefe había pensado que la llamada que había recibido de Paco era una equivocación o algo así, y no tenía ganas de tonterías, así que colgó, pero Miguel lo había visto todo y pensó que Amnesia querría saberlo, así que se encerró en su habitación y la llamó inmediatamente para contarle con pelos y señales todo lo ocurrido.

— ¿Está muerto?—no había ni pizca de preocupación en la voz de la chica.

— No, pero no vamos a poder contar con él por un tiempo. Puta suerte la suya, ya lo tenía.

— Siempre que estamos cerca…

— Una minucia, un golpe de mala suerte y…

Suerte…Amnesia se quedó en silencio por un momento.

— ¿Estás ahí? ¡Eh!

— Sí. Oye…¿Has inspeccionado la mente del chico?

— Realmente no, yo no voy metiéndome en las cabezas de la gente así porque sí. Luego encuentras cosas que no quieres ver.

— Pero ¿recuerdas cuando lo localizaste la vez en que entramos en su casa?

 — Ah, sí. Algo. No llegué a mirar a fondo, pero…No sé, vi algo chungo en él, ahora que lo dices.

De nuevo, silencio.

— ¿Puedo saber en qué estás pensando?—preguntó Miguel.

— No.

Y añadió a continuación:

— Creo que…ese chico no es tan indefenso como creíamos.

— ¿Dices que todo esto lo está haciendo a propósito?

— Si no, ya me dirás tú por qué todos nuestros intentos se van al traste por coincidencias.

Miguel resopló.

— El jefe no nos dijo nada sobre esto…

— Me parece que no lo sabe.

— No le va a gustar saberlo. Pero al menos me deja la conciencia tranquila saber que no es culpa nuestra que fracasemos. Pero, oye, ¿cómo puede ser?

— Puede que ese tío controle la probabilidad. Que la use a su favor o en nuestra contra…Oh, si lo tuviera delante…

— Joder, qué mamón. ¡Y eso que parecía tonto!

— Ya…Bueno, ahora llamo al casposo y se lo cuento. Y a Paco…cuando salga del coma.

 

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