Gafe: Un año más

Entre gritos y pitos/los españolitos/enormes, bajitos/hacemos por una vez/algo a la vez

¡Feliz 2017!

Hiro se fijó bien en la tripota y el pandero de su padre mientras ambos preparaban la cena y frunció el ceño.

— No has estado siguiendo la dieta—le reprochó.

— ¿Cómo que no? —replicó Akira, mirándolo de reojo—. ¡Claro que lo he hecho, demonios! ¡Pregunta a esa tirana a la que llamas madre si no me he estado alimentando como los conejos!

— Pues te veo como siempre. O casi más gordo.

— Lo importante no son los kilos, es estar sano.

Hiro quiso discutirlo, pero, para salvación de su padre, llamaron a la puerta. Lo vio correr hacia la cocina para escurrir el bulto, su madre estaba ocupada con los últimos toques a la cena.

— ¡Nene!

— ¡Yo no puedo, estoy en el baño! —oyó decir a su hermanita.

Mentira podrida. En fin, tendría que abrir él.

Apenas había abierto la puerta un palmo cuando Kai se abalanzó sobre él para estrujarlo como si fuera un bote de dentífrico y frotarle la cocorota con los nudillos.

— ¡Pero si es el torero, que ha vuelto al hogar! ¡Es un milagro navideño!

— ¡Ay! ¡Suelta, bestia! ¡Me haces daño! —protestó Hiro.

— ¡Si estás más canijo que nunca! —rió Kai, sin hacerle el menor caso, es más, lo apretó con más fuerza.

— ¿Ya os estáis zurrando? —Ako se asomó desde el comedor—. ¡Anda, dejad de hacer el mono y cerrad esa puerta, que entra frío!

— Nah, ahora en serio: me alegro de verte—sonrió Kai, y ambos hermanos fueron al comedor.

— ¡Kaiiii! —Nene cruzó el comedor y saltó a los brazos del mayor.

— ¿Qué tal has estado en Tokio? —preguntó Hiro.

— ¡Buah, estupendo! Tengo millones de fotos para enseñarte, y te he traído los tomos que me pediste. Anda, Nene, suelta, que me estás rompiendo la columna.

— No.

— ¡Vamos, que alguno me ayude con la mesa!—insistió Ako.

Como ninguno de los chicos quería exponerse a los enfados de su madre, dejaron la cháchara para más tarde. Kai se quitó el abrigo y los guantes y soltó su equipaje mientras Nene y Hiro ayudaban a sus padres a terminar de llevar las cosas.

Aquella cena fue realmente diferente. Normalmente Ako no preparaba tanta comida, ni siquiera en fiestas, y los chicos estaban chinchándose los unos a los otros todo el rato, así que ella se pasaba todo el tiempo gritando. Cuando Kai se independizó, todo siguió igual, porque los hermanos pequeños seguían dando la vara y hacían que no se notara tanto su vacío, pero desde que Hiro tomó la decisión de irse a estudiar a Madrid…Nene no se separaba de sus hermanos mayores, seguía siendo una chinche, pero casi todo el rato lo pasaba reclamando su atención, contándoles cosas y achuchándolos. Aunque pudiera verlos a menudo a través de una pantalla, no era lo mismo.

— …Llena de puestos con gorritos, abetos, adornos para el belén—le contaba Hiro a sus hermanos—. El belén son figuritas que representan la adoración de Jesús; allí hacen muchos, y muy trabajados. Y, eso, lleno de puestos de churros, barquillos, que son como galleta…

Churros…Akira miró su comida, todo verduras hervidas, arroz, cosas sin grasa ni tampoco gracia alguna, y suspiró. Se distrajo mirando su teléfono móvil.

— Ya casi es media noche—comentó, al ver la hora en una esquina de la pantalla.

Kai terminó de echarle un trago a su bebida y sonrió.

— ¡Empieza la cuenta atrás!

Corrió a la cocina a sacar el champán de la nevera. Éste había sido un encargo de Akira a Hiro: había oído hablar de la champaña español y quería probarlo, aprovechando las fiestas. Kai, a quien le encantaba probar cosas nuevas, también estaba deseando probarlo.

— ¡Yo también quiero champán!—protestó Nene.

— Tú tienes la gaseosa.

— ¡Sssssh!

La familia se quedó en silencio para escuchar el eco de las campanas de los templos budistas. Ya había comenzado el nuevo año.

— ¡Salud y buena suerte!

Kai descorchó la botella con algo de dificultad, teniendo que recurrir a un cuchillo. Él se salpicó la camisa y el corcho salió volando con un fuerte chasquido…en dirección al ojo izquierdo de Hiro.

Era la décima foto que Marga le hacía a Dulce y Ele, pero estaban muy guapos y aquella vez no salió movida. Aquella se la mandó a una compañera y amiga, para fardar de hijos, y otro día se la enseñaría a su suegra. Seguro que se pondría contenta al ver a Dulce con vestido, en vez de ir por ahí “como una marimacha” y a Ele algo formal, porque siempre iba vestido “como un mendigo piojoso”.

— ¿Tenéis todos las uvas? ¿Eh? ¿Me habéis oído?—todos estaban hablando, nadie la hacía el menor caso, así que Julia tuvo que hacerse oír—. ¡Que si tenéis todos las uuuuuvas!

— ¡Sí, mamá!—respondió Marga, soltando el móvil sobre la mesa, al lado de los langostinos—. Anda, siéntate y deja de trastear de una vez.

Por primera vez en toda la noche, Julia se sentó. Casi había pasado más tiempo en la cocina que en el salón con ellos. Eran pocos, pero había hecho cena para un regimiento. Croquetas, angulas, canapés de paté, lomo en lonchas, jamón ibérico, caracoles en salsa, boquerones, pinchos de pepinillo, gambas a la gabardina, queso, mejillones…Eso por no mencionar el redondo y las espinacas a la crema que había hecho solamente para Ele. Margarita se llevaría un par de tápers y aún así sobraría para que comieran Julia y Buendía durante unos días. Era algo innecesario, teniendo en cuenta que solamente eran seis, pero a Julia no podía permitir que nadie se quedara con hambre y le traía al fresco lo que le dijeran. Hasta el gato se llevó una buena ración de carne de cerdo cocida.

Juan subió el volumen de la televisión y luego ayudó a su cuñado a preparar las bebidas, deprisa, para que todos tuvieran sus copas listas para brindar después de las campanadas.

— ¿Esta es la que tiene alcohol?—murmuró, mirando la etiqueta de la botella que cogió.

—Sí—respondió Buendía—. ¿Alguien la quiere sin?

— Sí, trae para acá, tío—le dijo Dulce, alzando su copa.

Ele se quedó mirando la televisión y rió al ver a la presentadora elegida por la cadena para dar las campanadas.

— Fua, macho, si se le ve medio pezón—murmuró con una sonrisa.

— Échate a un lado, Ele, que no se ve—le dijo su madre.

La bola comenzó a bajar y el salón se revolvió por un momento. Todos soltaron los móviles, las copas, lo que fuera que tuvieran en las manos, y echaron mano a sus uvas cuidadosamente envueltas en papel de aluminio. Entonces vinieron los cuartos, como recordó el presentador. Los Buendía acariciaron la primera uva con la punta de los dedos, algunos ya la tenían a centímetros de la boca.

Uno…Dos…Tres…Cuatro…

Y entonces, se oyó una pequeña explosión en la entrada, donde se encontraba el cuadro de la luz. La luz se apagó de sopetón, dejando a la familia completamente a oscuras.

A Boris siempre le había parecido ridícula la costumbre campesina de comer uvas al ritmo de las campanadas de la Puerta del Sol y sus padres estaban en distintos países atendiendo asuntos de los que no tenía noticia, así que quiso entrar en el 2017 de una forma diferente. Después de mucho pensárselo, acabó yéndose él solo a Nueva York. Ya que estaba, pasaría allí el resto de las vacaciones de Navidad. Había ido a muchas fiestas de fin de año, pero los yanquis sí que sabían pasárselo en grande. Mirara adonde mirara había escaparates y casas con las decoraciones más espectaculares y hermosas; en todas partes resonaban canciones navideñas no tan odiosas como los villancicos españoles.

Conoció en un restaurante a un grupo de chavales sibaritas como él con los que hizo buenas migas de inmediato, en especial con una chica afroamericana llamada Sissy. Era increíblemente divertida y tenía con ella charlas largas y amenas, en inglés o español, según cuadrara, porque aparte de tener un gran sentido del humor y mucha energía, encima hablaba su idioma a la perfección. Celebraron juntos el fin de año, yendo primero a cenar a un restaurante en Queens y luego a ver la ball drop en Times Square. Las calles cercanas estaban absolutamente colapsadas, no cabía ni siquiera una ventosidad. A Boris no le importó demasiado el gentío y a Sissy, menos. La chica había bebido tanto que si le hubieran acercado un mechero seguro que habría ardido como un ninot. Y se le notaba, porque parecía encontrarlo todo divertido y no dejaba de darle conversación a Boris, a pesar de que con el alboroto apenas se la oía. Boris la dejó parlotear, sonriente. Era aún más simpática cuando bebía.

3…2…1…La gente comenzó a gritar con todas sus fuerzas y ya se oían los primeros cohetes. Una lluvia de confeti cayó sobre ellos. Boris no llegó a gritar pero sí aplaudió con entusiasmo. Sissy se le pegó.

— Kissy kissy?—le dijo con voz juguetona al oído.

Boris rió y la apartó suavemente.

— C’mon, it’s the tradition!—insistió Sissy.

Por supuesto, era la tradición. Boris iba a hacerle notar a su amiga que ellos dos no eran novios, pero seguro que ella no lo escucharía. Solamente quedaba resignarse y seguirle la corriente. Bueno, sería un bonito recuerdo de las vacaciones.

Sissy dio un nuevo trago antes de juntar sus labios con los de Boris. Se suponía que iba a ser solo un piquito, pero Sissy se había pegado a él como un pulpo. Boris no se resistió. Pero entonces Sissy se convulsionó y Boris sintió en su boca un sabor increíblemente desagradable.

Parecía que todo el mundo había pensado como él: que lo mejor era mandar las felicitaciones antes de las campanadas para que no se saturaran las líneas. Pero por fin se habían mandado los mensajes. En realidad, se trataba de un mismo mensaje, enviado a distintos contactos, porque no tenía suficiente imaginación para dar con una felicitación personalizada.

“Feliz Año Nuevo, espero que empecéis con buen pie el 2017”

Carlitos dejó a un lado el móvil antes de que su madre lo regañara y fue a atacar las peladillas.

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