Supergafe: Nunca más

Manolo recupera un pedazo muy importante de su pasado

Una vez más, cumplía con lo que se había convertido en un hábito. Manolo pasó por la mañana a echar un vistazo, a tiempo de ver que la familia se subía al monovolumen. Primero la niña pequeña, luego los padres.

¿Y el adolescente? Vio que la madre agitaba la mano hacia una de las ventanas del piso superior antes de subirse al vehículo. Eso solamente podía significar que Simón se quedaba solo en casa, y tal perspectiva hizo que su corazón comenzara a latir con violencia. Dudó tan solo un momento. No sabía qué iba a decirle exactamente, qué haría si las cosas se torcían, pero había esperado demasiado tiempo para no aprovechar aquella oportunidad que le había regalado la Providencia.

Se acercó al chalé y llamó. Momentos después, una voz en pleno desarrollo contestó.

— ¿Sí?

Manolo se lamió los labios.

— …¿Simón?

— ¿Sí? ¿Quién es?

— ¿Podrías salir un momento? Quiero hablar contigo.

Simón soltó el telefonillo y se asomó al exterior a través de la ventana más cercana. No se veía demasiado bien quién era, pero logró distinguir algunos rasgos. Definitivamente, no era su padrastro que se había dado la vuelta, ni ningún vecino. Cuando Manolo se asomó como pudo para echar un vistazo a través de la reja, ya que el chico no respondía, Simón logró reconocerlo. Era ese hombre, el que llevaba años viendo rondar la casa. Había creído durante un tiempo que era alguien de la urbanización, pero resultó no ser así, y eso hacía que la situación fuera bastante peliaguda. Ese completo desconocido con mala pinta sabía dónde vivía y cómo se llamaba; y se había acercado a él ahora que estaba solo en casa. Volvió a la entrada y en vez de contestar, colgó el telefonillo. Tal vez llamara a sus padres; si no se iba, lo haría.

Manolo volvió a asomarse. ¿Adónde había ido? Aunque ya estuviera viejo para esos achaques, terminó trepando por la valla. Le daba igual si había alguien mirando o no, podían llamar a la policía si les daba la gana. En un principio lo único que pretendía era ver al niño, pero terminó saltándola para acabar aterrizando en el jardín. Suerte que los padres no le habían comprado a los niños el perro que tanto habían pedido. Simón, aterrado, sacó el móvil de su bolsillo y, tratando de mantener la calma, buscó a toda prisa el número de su madre, aunque no se atrevía a apartar los ojos del intruso, así que acabó abriendo la calculadora y el navegador antes de acertar.

— ¡Simón! ¡No voy a hacerte nada! ¡Te lo digo en serio! ¡Solo quiero hablar contigo y saber si estás bien!

Simón por fin encontró el número y marcó.

— ¡Soy tu padre!

Simón volvió los ojos hacia Manolo. Justo cuando estaba dando la llamada, colgó, se guardó el móvil y se acercó a la puerta. Cuando tenía la mano en el picaporte, pensó que quizás se estaba metiendo en la boca del lobo, pero terminó girándolo y saliendo al exterior.

Manolo no acudió a su encuentro, sino que se quedó ahí clavado.

— …Soy tu padre…—repitió en voz más baja.

Simón vaciló y finalmente se acercó a Manolo. Al verlo por fin de cerca, sus dudas se comenzaron a disipar, pues no creía que alguien pudiera fingir la expresión dolida que tenía delante de sus narices. Y era innegable, teniendo aquella cara tan cerca de él, que compartían muchos rasgos; si Sergio hubiera estado allí el parecido habría sido asombroso.

Manolo dio un paso hacia él, uno solo, a pesar de que se veía que quería acercarse aún más.

— Tú…no te acuerdas de mí, ¿verdad?

— No, lo siento…

— Claro—Manolo asintió, decepcionado—. Eras muy pequeño cuando tu madre y yo nos separamos. Y no te habrá hablado de mí ni enseñado una sola foto, ¿a que no?

— Pues…em…no. Creo que en casa no tenemos una sola foto en la que salgas tú. Y sí me ha hablado de ti, pero…vamos, que para decir que eras…un…

Inútil. Irresponsable. Bufón. Los adjetivos eran tantos que Simón no podía recordarlos todos. Manolo torció el gesto y el chico sintió haber sido franco. Pero esa era la verdad: él siempre había llamado papá a quien en realidad era su padrastro porque su madre, desde bien pequeñito, se lo había dicho; mientras que el señor que le había dado la vida pasó a ocupar el puesto del hombre del saco, si se le mencionaba alguna vez, era para ponerlo de ejemplo a no seguir en la vida.

— Me lo imaginaba. Elvira, muy maja ella…No le vale con quedarse con vosotros, oh, no, no, no. Tiene que…—en vista de que se estaba empezando a enfurecer, Manolo se obligó a parar. No quería asustar al niño—. Bueno…¿Y Sergio? ¿Cómo está tu hermano?

— Se fue a vivir con la novia, a Getafe, cuando le hicieron fijo en el trabajo.

— ¿Está bien?

— Sí, creo que sí.

Manolo suspiró.

— Hmm…Papá…

— ¿Sí?

— ¿Por qué…por qué en todos estos años no te has acercado a vernos?

— ¿Qué crees, que me he olvidado de vosotros o que os abandoné? ¿Eso os dijo tu madre? No he pasado un solo maldito día sin pensar en vosotros. Al principio, cuando nos separamos, os veía dos fines de semana al mes, gracias a la generosidad del señor juez; pero luego tu madre, la so puta…Perdón. Tu madre, cuando dejé de pasar la pensión, y no por gusto, decidió que entonces yo ya no tenía derecho a veros o algo así, y se largó sin decir nada—la calma que Manolo había tratado de mantener se fue al garete, al sangre le estaba hirviendo en las venas—. ¡No te jode, se queda el piso, el coche, se va con ese Emilio a la semana de romper, y resulta que necesita los mil y pico euros al mes para…!

Respiró hondo y miró a Simón con un gesto de disculpa.

— Lo siento, es que…Estoy un poco quemadillo con tu madre.

— ¿De verdad pasó eso?—preguntó el chico—. Pero ¡es injusto! Es más, si lo denuncias, estoy seguro de que te darían la razón y no tendrías que seguir viéndonos a escondidas.

— No es tan sencillo, Simón. Aunque pudiera permitirme un abogado…—ahí Manolo se detuvo y no dijo más.

— Siempre puedes buscarte uno de oficio. Pero tienes que intentarlo. No te he visto en más de diez años, ni siquiera me acuerdo de ti; ¡eso tiene que ser ilegal por fuerza!. De verdad, no sé cómo Mamá ha sido capaz de hacer algo así, no puedo creerlo.

Manolo sonrió de corazón por primera vez en mucho tiempo. Extendió una mano hacia su vástago para acariciar su pelo revuelto. Al principio dudó, supuso que a Simón le daría reparo, y así fue, pero solo durante unos segundos. La cara de Manolo reflejaba tantas ganas de tener contacto físico con él que simplemente no podía negarse. Lo que comenzó como una simple caricia terminó convirtiéndose en un abrazo. Qué alto estaba; si la última vez que lo vio apenas levantaba un palmo del suelo y usaba pañales…

Simón seguía cauto, porque podría ser que las palabras crueles de su madre tuvieran algo de verdad, y pensó, al abrazarse a Manolo, que era evidente que necesitaba colonia. Entonces, captó unos sollozos silenciosos y apartó aquellos pensamientos. No dijo nada ni se movió. Dejó que sus manos lo acariciaran y lo tocaran, como si no se creyera que de verdad estuviera allí con él.

Manolo se habría pasado días, semanas, así, pero pronto se apartó. Aunque pareció sereno, sus ojos vidriosos y su nariz enrojecida delataban que había llorado.

— Entonces…Todo bien, ¿verdad? Comes sano, haces ejercicio, sacas buenas notas…Vale…En ese caso, será mejor que me vaya…Si tu madre y el Emilio ese me ven aquí…

— Pero te volveré a ver, ¿verdad?—preguntó Simón.

— Yo…Si tú quieres…

— Claro que quiero. Y tú no te preocupes por esos dos: diré que he quedado con unos amigos y estaré contigo cuando quieras. Oh, menos martes, jueves y viernes, que tengo entrenamiento de fútbol.

Simón abrió a Manolo la puerta, pero no salió al instante. Miró a Simón con una sonrisa y posó sus manos sobre sus hombros. Resistió el deseo de abrazarlo de nuevo. En su lugar, lo miró a los ojos y le dijo:

— Tú no te preocupes, hijo, que no será por mucho tiempo…Tengo un asuntillo pendiente, pero en cuanto lo haya zanjado, te prometo que las cosas cambiarán. No volveré a esconderme para verte…

Simón quiso preguntarle a qué se refería, pero Manolo le dio un beso en la frente y se marchó rápidamente por donde había venido.

 

 

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