Supergafe: Con la ayudita de un amigo

Manolo se reúne con el amigo que le ha permitido estar donde está

Arantxa creía que la noche acabaría con una buena sesión de sexo (esporádico y sin compromiso alguno, como habían acordado), y no se habría imaginado que el ingenuo estudiante de Farmacia con el que había compartido piso durante tres años aprovecharía el momento en que iba a tumbarse en la cama para rodear su cuello con su propio cinturón y cortar la entrada de aire a sus pulmones. Tal vez fuera la influencia del alcohol que habían consumido sin parar durante toda la noche o la diferencia de fuerzas, pero Caleb no se encontró con mucha resistencia.

Cuando cesó todo movimiento, se inclinó sobre el cuerpo de la mujer y comprobó su estado. Estaba muerta; o, al menos, eso parecía. Sintió una horrible punzada de remordimiento, por mucho que se repitiera que era su trabajo y que la señorita seguro que había hecho algo para merecerse aquel final. La verdad era que, de no haber sido por los nervios por la acción tan horrible que iba a cometer en unas horas, se lo habría pasado muy bien con ella. Arantxa sabía cómo divertirse. Sabía…

Procuró no mirar más el cadáver y salir lo antes posible de la casa. Las órdenes no eran actuar con cautela, sino todo lo contrario: en cuantas más cosas plantara sus manazas desnudas, cuanta más gente los hubiera visto, mejor; así que no tardó. Salió del edificio sin prisas y sin esconderse, dando las buenas noches al portero, quien estaba más ocupado mirando una pequeña televisión mientras cenaba una tortilla de patata precocinada que controlando los accesos a la urbanización.

El día había sido muy frío; cuando salió soplaba una brisa que, en contacto con su piel sudada, le provocó un escalofrío que hizo que su columna se tensara como un palo. Era una de esas noches en que uno solo quiere volver a casa y envolverse en mantas sentado en el sofá. Lástima que no pudiera relajarse ahora, porque su jefe la estaba esperando. Se alejó del lugar, de las cámaras que controlaban la zona, y aprovechó que no parecía haber nadie en los alrededores para cambiar. El vello facial retrocedió hasta volver a adentrarse en su piel, y ésta se aclaró. Su pelo, a medida que crecía, más del lado izquierdo que del derecho, se iba alisando. Unas mechas amarillas aparecieron en la parte más crecida. Su cuerpo robusto perdió masa muscular y estatura. Los pechos le crecieron y el bulto de su entrepierna, por el contrario, se encogió hasta desaparecer. Su cara y su nariz se alargaron un tanto. El tono marrón de sus ojos se oscureció sutilmente. Ahora quien caminaba por la acera era Laura Espinosa, y Caleb Nzeogwu, el verdadero Caleb Nzeogwu, se había metido en un lío del que le sería muy difícil salir.

Oyó un silbido al otro lado de la calzada, donde aún estaban construyendo más urbanizaciones. Por un momento, Laura se asustó, pensó que alguien la había visto transformarse. Y así era, pero se sintió aliviada de ver que era su jefe quien la llamaba. Estaba fuera de su coche, una tartana que ningún hombre con tanto dinero como él se compraría (seguro que era uno de tantos vehículos de usar y desguazar), y cuando Laura se giró hacia él agitó un brazo. La radio estaba puesta, emitiendo canciones cacofónicas, como todas las emisoras los fines de semana por la noche, aunque Publio tuvo el detalle de tenerla a un volumen discreto. Laura cruzó la calzada a toda prisa, a pesar de que no hubiera ningún coche a la vista, y se reunió con él.

— ¿Fue todo bien?

Laura asintió nerviosamente con la cabeza.

— Sé que no te gusta verte envuelta en esas cosas. Lo comprendo. No es nada agradable. Pero tenía que ser Nzeogwu quien matara a la piba.

— Ya lo sé—musitó Laura.

— No pensés más en ello—Publio sonrió y se metió dentro del coche—. Venga, adentro. Se acabó la jornada. Vamos a divertirnos un poco.

Laura obedeció y se sentó en el asiento del copiloto. Comprobó que Publio también había procurado meterle su ropa en una bolsa, para que se cambiara. Publio solía tener infinidad de pequeños detalles con sus empleados; con ella, al menos, sí. Si no fuera por la clase de trabajo que era, se habría sentido en el paraíso.

Abandonaron pronto aquel lugar y se pusieron en marcha hacia el área metropolitana. Laura no sabía adónde iban exactamente, Publio solamente le había mencionado que iba a reunirse con un viejo amigo suyo en un pub. No quiso preguntar, de todas maneras. Ella hacía y callaba. Se pasó todo el trayecto mirando por la ventanilla, a los demás coches y a aquel mundo en tinieblas, hasta que llegaron, poco después, a calles bien iluminadas donde paseaba la gente que estaba lista para pasar una noche de fiesta. Pasaron por locales con mucha vida, pero no era allí adonde se dirigían. Publio callejeó hasta parar el coche en un barrio residencial corriente y moliente. Ambos se bajaron del coche y Publio la condujo hasta un pequeño pub, “La charca de la rana”, que parecía no haber cambiado su cartel luminoso desde los años ochenta.

Era un local corriente y moliente, no había mucha clientela y casi toda ella estaba formada por gente madurita, sin duda clientes de toda la vida que no querían probar nuevos lugares. Fueron muy pocos los que se fijaron en ellos, y pronto siguieron a lo suyo. Publio miró en derredor y terminó agitando la mano hacia un hombre que bebía solo en un extremo de la barra.

Manolo salió de su ensimismamiento y saludó con una sonrisa a Publio.

— Espero que no lleves mucho tiempo esperando—le dijo el argentino, dándole un amistoso abrazo.

— Acabo de llegar—mintió Manolo.

— Esta es Laurita, mi espía, chica de los recados y ejecutora ocasional—los presentó Publio—. Es nueva, y tiene habilidades, como un servidor.

Parecía que últimamente salían mutantes de todas partes. Manolo miró con disimulada curiosidad a la chica, aunque no por ello ella dejó de sentirse incómoda. Sin embargo, se saludaron como era debido, y no volvieron a dirigirse más la palabra.

— Yo tomaré un cubalibre. Sin hielo. ¿Vos qué querés, Laurita?

— Yo…Una Coca-Cola con limón.

Pidieron sus bebidas y, mientras tanto, los tres se acomodaron en aquel lugar de la barra.

— ¿Qué tal te va, Publio?—preguntó Manolo.

— Bleh, como siempre. Muchos líos, muchos problemas. La semana pasada un turco quiso matarme en mi coche, cuando iba a recoger a Vilma de la guardería. Y anteayer me viene un tipo de no sé qué comisión de blanqueo de capitales. Un asco. Pero todo está solucionado, gracias al cielo. ¿Y vos, Manolito? ¿Conseguiste matar al niño?

— No, aún no.

— Es escurridizo, el cabrón—sonrió Publio mientras tomaba la bebida que la camarera acababa de posar sobre la barra.

— Sí que lo es. El otro día me vienen mis sicarios y me dicen que lo que pasa es que el chico tiene facultades…¡que hace que nuestros planes fallen! No sé qué mierdas de atraer la suerte, alterar la probabilidad de que las cosas sucedan en su favor, protección…

Publio lo miró extremadamente interesado.

—Que puede ser una excusa, pero, vamos, que uno lo piensa y dice…”¿Quién te dice que no?”. Porque hemos estado a puntito, a puntito de capturarlo, he tenido su cuello así de cerca, y siempre se ha escapado por los pelos… ¿Tú sabes si realmente puede haber gente así?

— Creo que puede haber gente capaz de hacer cualquier cosa. Incluso lo que vos decís.

— Pues si es así, vamos listos…

— No seas tan duro, Manolito. Hay veces en que las circunstancias son adversas. No todo nos sale como queremos. Pero recordá que tarde o temprano conseguirás acabar con él. Seguro que antes de lo que pensás.

— Bah, eso lo dices para animarme.

— Estoy seguro de ello, de verdad. De todas formas, tal vez tus muchachos necesiten un mayor incentivo…¿Qué te parecen diez mil euros más?

— ¡Nah! ¡A esos no les pienso dar un duro más! ¡Que espabilen, que es lo que tienen que hacer!

— Muy bien, como quieras, pero mantengo mi oferta. Y si ves que no van a cumplir con tu encargo, mando a mis empleados, que son muy profesionales.

— No sé yo. Éstos tienen poderes y no han sido capaces.

— Bueno, los muchachos no tienen poderes, pero, como ya te dije, son unos profesionales. Valen para todo, son un primor.

Pasaron unos minutos bebiendo en silencio. Manolo, que había estado echando un vistazo al local y a los demás clientes, fue el primero en hablar, sin mirar a su amigo:

—La semana pasada vi a Simón.

La sonrisa de Publio se desvaneció un poco, ya que comprendía perfectamente la situación. Escuchó atentamente lo que Manolo dijo a continuación sin despegar los labios ni para beber.

— Elvira me ha sacado de la vida de mis propios hijos…El pequeño ni sabía quién era y el mayor….me da miedo presentarme. A estas alturas, con veinticuatro años, no querrá saber nada de mí.

— No digas eso. No lo sabrás si no lo intentas.

— Bah…No lo culpo…Son muchos años sin verlo y su madre, a saber lo que le habrá dicho su madre…

Manolo dio un buen trago a su bebida.

— Si estás conforme, buscaré un buen abogado que se haga cargo de tu caso. Aunque Sergio te pille mayor, podrías conseguir la custodia del pequeño.

— Publio, ya has hecho bastante por mí…

— ¡Ca!—Publio agitó la mano como si hubiera estado a punto de soltarle un bofetón—. No quiero ni oír hablar de eso. Sabés que te quiero mucho y que haré lo que haga falta por vos.

— Ya me has conseguido trabajo, casa, dinero para…

— Podés hablar sobre ese asunto delante de Laura, es de total confianza. No dirá nada, ¿a que no?

No miró a Laura de ninguna forma fuera de lo común, su tono ni siquiera varió en lo más mínimo, pero Laura asintió enérgicamente con la cabeza.

— Quiero ayudarte—insistió Publio.

— Y no creas que no te lo agradezco. Pero esto es algo de lo que me quiero ocupar yo personalmente.

— Lo comprendo perfectamente. Por eso no me quiero inmiscuir. Solamente quiero darte los recursos para que lo consigas.

Publio dio un último sorbo, pensó en pedir otra ronda, pero antes tomó a Manolo del hombro.

— Porque lo vas a conseguir. Tan solo debes ser paciente.

— Es difícil ser paciente cuando…

— Tan solo un poco más. Entonces, te podrás quitar esa espina y podrás retomar tu vida. ¿Eh?

Manolo no se esforzó en esbozar una sonrisa. ¿Retomar su vida? Su vida había desaparecido, no existía. Ya no tenía un hogar, ni una familia. ¿Qué había que pudiera retomar?

Pero, en el fondo, aunque solo fuera en el fondo, Publio tenía razón. En cuanto el mocoso hubiera muerto, aquel fantasma dejaría de atormentarlo y sería libre para empezar de nuevo. Si su vida se había esfumado, podría construir una nueva.

Publio sí sonrió y pidió otra copa para sí mismo, en vista de que los otros dos aún iban por la mitad de sus bebidas.

— ¿Te conté que el mes pasado vi a Patricia, la antigua novia de Germán? El que tenía acné severo.

— ¿Qué te pareció Manolito?

Laura estaba acostumbrada a no dar una respuesta sincera a su jefe. Por si las moscas.

— Parece…un tipo con muchos problemas—contestó tímidamente.

— Sí, me temo que así es. Y debiste haberlo visto cuando lo encontré, entonces sí que estaba en la miseria. Vivía en la calle, mendigaba, estaba enfermo y solo…Lo recomendé para un trabajo en una cierta empresa que me debía un favor, le di un lugar donde vivir y le presté dinero. Ya sabes, para que pudiera salir del bache.

Laura asintió con la cabeza.

— Es realmente injusto—suspiró Publio, abriendo el coche—. Manolito es una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Vos tal vez hayas vivido bien porque tu rareza no salta a la vista, pero a los que no podemos evitar mostrarla…Él es un hombre bueno, muy bueno. Y lo que ha sufrido no tiene nombre…Por eso ahora ha llegado el momento en que por fin le devolveré el favor.

Había cierta melancolía en sus ojos que atrajo a Laura. Todo aquel caso, el del amigo de su jefe y el chico al que, por alguna razón, era crucial matar, le atraía una barbaridad, como un episodio de una telenovela. Pero la primera regla de aquel mundillo era que cuanto menos se metiera uno en historias que no le incumbían, mejor; el refrán que decía “la curiosidad mató al gato” se aplicaba rigurosamente. De modo que se limitó a asentir de nuevo y no hacer preguntas.

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