Supergafe: Cosas de la vida

El destino es algo caprichoso. Ele está de acuerdo, pero nunca creía que le depararía un encuentro como este.

El humo de los cigarrillos que se habían fumado Caspa y Paco envolvía la habitación en una ligera bruma, al ser un lugar pequeño y cerrado. Molestó a Amnesia y a Miguel, pero estaban demasiado ocupados debatiendo para llamar la atención a ese respecto. Tras un rato meditando en silencio, Miguel despegó los labios:

— Propongo hacerle un Bugs Bunny.

— ¿Y eso qué es?—preguntó Caspa, alzando una ceja.

— Pues mira: me disfrazo de una tía, aprovechando que tengo pelucas de pelo largo y maquillaje, tonteo un poco con él y me lo llevo a un lugar reservado, y allí viene el jefe y se lo ventila. ¿Eh? ¿Qué os parece?

— Encima de rarito eres maricón, hijo mío—se lamentó Paco, negando con la cabeza.

— No, a ver, si es verdad que ese tío tiene el poder de dar mala suerte…—comenzó a decir Caspa.

— Tiene que ser eso. Porque no es normal que siempre que hayamos ido a por él la hayamos cagado olímpicamente y por culpa de algún accidente estúpido—interrumpió Miguel.

Aquellas palabras hicieron que Paco se llevara la mano a su cuero cabelludo, aún cicatrizando, con el ceño fruncido del dolor.

— Vale. Pongamos que es verdad—continuó Caspa, visiblemente molesto por que Miguel lo hubiera interrumpido—. Aún así, el niño no es inmortal. Nadie lo es.

— Sí…¡Sí, qué leches! ¡Claro que podemos!—asintió Paco, dando un golpe a la mesa con la palma de la mano—. Solo nos tenemos que esforzarl un poco más y andar con pies de plomo.

— Y planificar un poco, porque bastante la habéis liado ya—Amnesia por fin abrió la boca en un buen rato—. Mirad, yo tenía pensado—añadió rascándose la oreja—acercarme a su casa para investigar todo lo relativo a su entorno.

— Eso lo puedo hacer yo—repuso Miguel.

— No, quiero verlo yo con mis propios ojos. Saber sus rutinas, su situación familiar, tal vez encontrar muestras de ADN.

Joer, esta cría se cree el puto Sherlock Holmes o algo—murmuró Caspa a Paco.

Amnesia lo oyó perfectamente; frunció el ceño y pasó a ignorarlo.

— He hablado con el jefe esta mañana y le parece bien. Así que estaos quietecitos, al menos esta tarde, y dejadme actuar.

— Si te lo ha dicho er jefe, vale. Mientras no la cagues…—respondió Paco.

— No lo haré. Pierde cuidado.

Ele sacaba buenas notas a pesar de repartir su tiempo como buenamente podía entre la universidad, su colaboración con diferentes asociaciones y los amigos; por eso Carlitos le pidió ayuda con los deberes de inglés. Sin embargo, tendría que haber previsto que no sería capaz de concentrarse estando con su colega. Ele no era tan estricto como Hiro y, a pesar de su buena intención, se distraía con suma facilidad, de modo que si Carlitos cambiaba de conversación, él le seguía la corriente. Al final, cuando en una de estas pausas Ele soltó un comentario inesperado, Carlitos terminó por olvidar que estaba allí para enseñarle los verbos irregulares y no para pasar el rato.

— Tienes loquita a Lourdes, ¿lo sabías?

Carlitos sintió que se le erizaban los pelillos de la espalda.

— No, si eso me temía…—dijo, removiéndose en su silla.

— ¿Qué? ¿No te gusta?

— No es que no me guste. Es que…Mira, no, no me gusta nada de nada.

— ¿Por qué? ¡Si es super maja!

— Ya, pero…Tío, que tiene bigote, como mi padre…

— ¿Y qué pasa con eso? Le da un aire a Frida Kahlo, ¿no crees?—Ele se encogió levemente de hombros—. Bueno, bueno, lo respeto. Pero creo que es un buen partido. Y para una que te hace caso…Porque, sin ofender, pero, vamos, que si vas a esperar a que mi hermana te corresponda, puedes sentarte.

— Para no querer ofender bien que las sueltas, ¿eh? No, pero no es solo el físico…No sé, no me…¡Es tan pegajosa!

— Yo diría que es más bien muy cariñosa. La conozco desde que teníamos tres años y es buena chica, no tiene mala intención.

— Que sí, que será todo lo maja que quieras. Pero no me gusta.

— Bueno, yo solo te aviso de que deberías darle la oportunidad de conocerla mejor antes de juzgarla.

— ¿Darle la oportunidad de…? ¡Si ella se pone a la contarme su vida por Whatsapp sin venir a cuento! ¡Mira, me ha contado que han detenido tres veces a su padre, que tiene familia en Jamaica, que es alérgica a la piel de la manzana y no sé qué de un primo César que ha ganado un torneo de motocross!

Ele soltó una risita.

— A ver si te cuenta pronto lo que le pasó en Alfaz del Pi. ¡Es para partirse!

— Si tan bien te cae—dijo Carlitos—, ¿por qué no sales tú con ella?

— Ah, no, Lourdes es una buena amiga mía, pero nada más.

— Ya, vale, ya te entiendo. Lo que pasa es que a ti te va otro rollo. Porque el tío que te comía los morros en Plaza España el año pasado también era amigo tuyo.

— ¿Cuándo? —Ele miró a Carlitos con expresión de desconcierto.

— El día del Orgullo Gay, ¿no te acuerdas?

— Hmm…¡Ah, sí! No, bueno, es que eran las fiestas del Orgullo y Alex quería colgar una foto en su Instagram. Que, por cierto, un apunte importante: Alex no es un tío, es agénero. Y no, no es que me gusten los hombres, porque soy pansexual—como tenía la sensación de que Carlitos iba a hacer un comentario jocoso y, en efecto, estaba a punto de preguntar si eso significaba que se sentía sexualmente atraído por las baguettes, se apresuró a continuar—. Pero, bueno, ¿quién sabe? Dices que no te gusta, pero puede ser que acabes con ella. O yo. ¡O los dos!

— Em, no. Ya te digo yo que eso no va a pasar.

— La vida da muchas vueltas, Charlie.

No había sido difícil colarse en el edificio: tan solo había tenido que esperar a que entrara alguien para colarse, fingiendo ser una vecina. Hacía más de una década que en el edificio no había niños, pero todos estaban demasiado ocupados con sus asuntos para darse cuenta de aquel detalle, y un niño no era nunca nada sospechoso (payo y bien vestido, porque ya estaban prevenidos contra las pillerías de los gitanillos y otra “chusma” del barrio). Amnesia había tenido cuidado de llamar la atención lo menos posible: había dejado en casa su bata, dejando al descubierto la ropa infantil que se veía obligada a llevar, también había cambiado sus habituales gafas tintadas por unas de sol, corrientes y molientes, había sacado del armario una vieja mochila de Hello Kitty, y había procurado mantener una actitud distraída.

Subió al primer piso y se quedó mirando la puerta. Tenía bastantes arañazos y parecía que ella y sus compañeros no habían sido los únicos que habían tratado de entrar en el piso, algo que no era extraño teniendo en cuenta que en aquel barrio había mucho okupa suelto. Pegó la oreja para escuchar el interior. Aunque fue un poco difícil distinguir algo, le pareció escuchar a un hombre y una mujer hablarse a gritos desde puntos diferentes de la casa y una televisión con el volumen alto. Bien. Su pie golpeó una bolsa de basura que habían dejado ahí, esperaba que para bajarla luego. Oh, qué suerte. Se apartó de la puerta, cogió la bolsa y bajó hasta el portal. Le hizo una fotografía con su móvil a los nombres que figuraban en el buzón del 1ºC; se habían concentrado en el chico, pero era conveniente averiguar algo sobre los padres. Sacó de su bolsillo una llave maestra, de estas que en España solamente tenían algunos privilegiados y que se podían comprar a China a través de Internet, y lo abrió. Por suerte, no habían cogido el correo el día anterior. Eso ya decía algo, pero las cartas que había en su interior serían mucho más elocuentes. Había una del banco, a nombre del cabeza de familia, y otra de la compañía de la luz. Las metió en la mochila con la intención de estudiarlas en casa y devolverlas otro día.  Una vez se había ocupado de todo eso, se situó a un lado y abrió la bolsa. Sin duda los estúpidos de sus compañeros se habrían burlado de ella, pero ¿qué sabían esos idiotas? Los desechos dicen mucho de una persona.

Viejos papeles con o sin garabatos que no habían tenido la precaución de romper antes de tirar, incluyendo el borrador de un currículum del chico, envoltorios de comida poco sana, tubos de papel higiénico…Amnesia tuvo que hacer un esfuerzo por deshacerse de una visión subjetiva, porque le estaba disgustando ver que no habían separado los diferentes residuos. Tan enfrascada estaba en su tarea que no se dio cuenta de que Ele se había detenido en su camino hacia la calle y se la había quedado mirando.

Ambos se quedaron en silencio, inmóviles, durante un momento que pareció un lustro, hasta que Ele abrió su mochila, sacó de ella un paquete de galletas con chocolate aprobadas para vegetarianos y se lo ofreció a Amnesia. Ella primero miró el envoltorio y luego al chico.

— Venga, coge las que quieras—Ele agitó ligeramente el paquete.

— …¿Perdona?

— No tienes por qué hurgar en la basura. Yo te invito a comer lo que quieras—Ele quiso posar sus manos sobre sus hombros, pero Amnesia se echó para atrás con repulsión, así que desistió de inmediato—. Mira, conozco una asociación que te puede ayudar; son gente muy buena que…

— ¡No soy ninguna indigente, imbécil!

Ele parpadeó, precisamente como un imbécil.

— Ah—y repitió—. ¡Ah! Perdona. Yo creí que…

Amnesia gruñó y siguió hurgando en los resechos de la familia Benítez-Serrano, decidida a olvidarse del hippie zarapastroso. Pero pasaron los segundos y Ele no se iba. El chico seguía ahí de pie, molestándola con su mirada de besugo. Por más que tratara de olvidarlo ahí estaba. Y eso la fastidiaba muchísimo.

— ¿Va todo bien?

A Ele le avergonzaba un poco admitir que, en un principio, había pensado que la niña era una sintecho hambrienta, pero ahora que la observaba con atención, la verdad es que no parecía faltarle el alimento, si acaso todo lo contrario. Aún así, seguía sin ser muy normal que estuviera rebuscando en la basura.

Amnesia lo ignoró. Seguramente se largaría con viento fresco cuando captara la idea de que no le gustaba que estuviera allí. Siguió hurgando en la bolsa, sin mirarlo, como si no existiera…Oh, pero sí que existía. Hasta el leve ruido de su respiración, su sombra proyectada sobre ella la molestaba hasta el punto de no sentir satisfacción por haber conseguido algunos objetos interesantes.

— ¿Has perdido algo?

De nuevo silencio, pero Ele no se desanimó.

— ¿Eres del barrio?

— No—ladró Amnesia.

— ¿De dónde eres?

— Eso no te importa.

— ¿No están tus padres por aquí?

De nuevo la misma historia…

— Tengo diecisiete años, no necesito ir de la manita de mis papis a los sitios—Amnesia habría guardado silencio al respecto, pero fue un impulso. Su talón de Aquiles. Bueno, de todas formas, quizás así conseguiría que la dejara en paz.

Esperó la reacción de Ele sin moverse. Éste la miraba fijamente, y tuvo suerte de que Amnesia no estuviera mirando porque en su mirada había sorpresa, pero también un ligero toque de curiosidad infantil y hasta algo de piedad.

— …Vaya…

— ¿Por qué me miras así?

— ¿Eh?

— Odio que la gente me mire de esa forma.

— Yo no…

Amnesia no dijo nada más y dejó a Ele tan confuso como avergonzado. Él, que lo último que deseaba en el mundo era ofender a alguien, había incomodado a esa pobre chica. Oh, qué mal se sentía. Y cuanto peor se sentía, más lástima translucía su cara, y más enfadaba a Amnesia. Por suerte para ella, su trabajo ya había terminado. Cogió la bolsa que contenía todos sus hallazgos y se puso en pie, dispuesta a marcharse.

— Eh, oye, perdona.

Amnesia se detuvo y se giró hacia Ele. Le vio mirar a todas partes hasta que finalmente la miró a ella.

— ¿Tienes un boli?

— ¿Para qué?

— Ya verás.

Amnesia siempre iba preparada para casi todo, así que metió la mano en el bolsillo de su pantalón y le entregó a Ele un pequeño bolígrafo. Él le dio las gracias en voz baja, cogió un periódico de entre la basura y apuntó en una esquina un número.

— Este es el número de casa. Tú tranquila, lo coja quien lo coja, no harán preguntas. No tengo ni móvil ni redes sociales, espero que no te importe.

Ele arrancó el trozo de papel con el número y se lo entregó a Amnesia. Ella lo tomó, lo miró durante largo rato y luego alzó la mirada hacia Ele.

— …¿Por qué?

—Porque pareces una chica interesante—contestó él con una sonrisa mientras le devolvía el bolígrafo—y me gustaría conocerte más a fondo.

Amnesia contempló de nuevo el papel con tal ensimismamiento que no se dio cuenta de que Ele se había despedido de ella y se había marchado. Cuando volvió a la realidad, arrugó el papel y lo tiró sobre los restos de basura, arrugando la nariz. <<¿Qué demonios se ha creído éste? ¿Qué quiere de mí? ¡Urgh!>>.
Estuvo a punto de largarse, dejando ahí el estropicio (que cada uno buscara la explicación que quisiera), cuando frenó, se dio lentamente la vuelta y recuperó el papel.

<<Podría ser útil…Para tener a sus amigos controlados…Sí…>>

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