Gafe: Los que vinieron antes (I)

Algún lugar de Burgos, año 7953 a.C

El pajarito había estado brincando de una rama a otra hasta que una súbita aparición hizo que se quedara quieto y bajara la vista al suelo. Un ciervo, un enorme macho que recién había renovado su cornamenta, había hecho su aparición y examinaba la hierba caminando con un cierto aire de majestad. Tenía que ser uno de los ejemplares más grandes y hermosos que había visto nunca.

Por supuesto, el ciervo no se percató de la presencia del pájaro; no le habría prestado la menor atención de todos modos. Había llegado a aquella parte del bosque en busca de buen alimento y no tardó en encontrar una bonita porción de hierba fresca y algún que otro arbusto repleto de frutos rojos de aspecto muy sabroso. Enseguida comenzó a comer bajo el pino y se olvidó por completo de todo lo que le rodeaba; el lugar era tranquilo y no había nada de qué preocuparse.

El pajarito saltó a las ramas más bajas del árbol, sin quitarle en ningún momento la vista de encima al ciervo que tenía justo debajo. Consideró durante un momento sus opciones, la mejor manera de actuar. Y cuando tuvo las cosas claras, saltó. Lo que cayó sobre el ciervo fue un lobo.

El ciervo cayó al suelo y trató de levantarse, pero no pudo, debido al peso que tenía encima. El lobo hundió sus fauces en la garganta de su presa, que se agitó, tratando de derribarlo. El depredador, no obstante, hizo acopio de sus fuerzas y no lo soltó; aquellas sacudidas solo sirvieron para causar desgarros.  El ciervo rodó y trató de librarse de su atacante a base de patadas y más sacudidas. Una de ellas alcanzó al lobo en la boca del estómago y estuvo a punto de soltarlo, pero se obligó a ignorar el dolor y apretó aún más los dientes. Su morro estaba manchado con la sangre de su presa. Los ataques del ciervo eran cada vez más desesperados, el lobo empezaba a dudar de que pudiera resistir mucho más, pero se obligó a seguir. Ya casi estaba, estaba seguro. Y así fue: el ciervo no tardó en quedarse inmóvil y el lobo dejó de sentir su respiración. Permaneció agarrado a su garganta un poco más, para asegurarse, y finalmente soltó el cadáver.

El pelaje grisáceo cayó sobre la hierba y la cola retrocedió hasta que no quedó apenas ningún resquicio de ella. Sus patas se volvieron más musculadas y se reajustaron para que pudiera erguirse sobre las dos traseras. Las frontales también cambiaron de forma y sus dedos se hicieron más largos. El hocico se estrechó y el lobo perdió su extraordinario olfato. Una vez terminó el proceso, en lugar de un lobo se encontraba ahí de pie un hombre. En cuanto se libró del pelo, el humano sintió un escalofrío y antes de nada corrió a buscar la ropa que había dejado sobre una rama, lo suficientemente lejos como para no espantar a las presas con su olor. Se la puso y se limpió rápido y mal la sangre que manchaba su boca. Tardaría en librarse de ese sabor, aunque tampoco era demasiado desagradable. No perdió el tiempo en buscar agua para asearse mejor: agarró el ciervo de los cuernos con ambas manos y tiró de él.

El camino de vuelta a casa fue largo, y más teniendo en cuenta el peso con el que tenía que cargar. Podría haberse transformado en un animal más fuerte, pero estaba demasiado cansado, y ya se había pasado muchas horas con otra forma, buscando alimento. Cuando llegó a su hogar, ya era de noche.

Al oír ruido, su pareja se asomó fuera de la cueva, con las manos sobre su vientre abultado. Sonrió, no tanto al ver la caza que había traído como por tenerlo de vuelta, y él también sonrió. Desde hacía tiempo albergaba el temor de que el momento del alumbramiento la sorprendiera estando él fuera, sin posibilidad de ayudarla. Ahora que traía comida para un tiempo, no consentiría en alejarse de su lado. Soltó el ciervo inmediatamente y se lanzó a los brazos de su amada. Le manchó la cara con la sangre del ciervo, pero a ella no le importó. Tras un momento dedicado exclusivamente a los mimos, ambos pasaron el ciervo al interior de la cueva y pasaron la noche calientes cerca del fuego.

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