Supergafe: Se armó la de Cristo

La familia de Carlitos es la encargada de llevar este año a la abuela Angustias a ver los pasos de Semana Santa. Carlitos no quiere ir, pero alguien tiene que ayudar a la abuela. El desastre es inminente.

— Carlitos, cada día tengo más claro que no te vas a casar nunca.

Carlitos volvió la cabeza hacia la abuela Angustias, algo sorprendido.

— Si es que eres demasiado raro, hijo—añadió la abuela, sacudiendo la cabeza levemente con tristeza.

— Bueno…Nunca se sabe, abuela—contestó Carlitos, simplemente por decir algo.

— Que no, que no. Eso que os dicen a los niños de hoy en día, de que lo que importa es lo de dentro…Sí, claro, ¿y qué tienes tú de bueno por dentro? Ay…Si es que tú no estás hecho para casarte. Como tienes la negra desde que tus padres te concibieron en pecado…No se puede esperar gran cosa de ti. Acaso acabar de mecánico como tu padre, en el bar, retozando con fulanas, como él…Si al menos te reformaras un poco, como tu prima, que la han hecho fija en el trabajo y ahora vive en un adosado con su marido…

Carlitos asintió a todo con la cabeza. Aprovechando que hubo que hacer un alto en el camino porque la abuela no podía dar cuatro pasos sin tener que sentarse, la dejó sentada en un banco de la calle y se acercó a su padre.

— ¿Le habéis dado las pastillas?

— Sí. Oye, más te vale no estar de morros toda la tarde, ¿eh?

— Es que es muy pesada. Antes me ha dado a entender que voy a arder en el infierno por zurdo y por invertido, que a saber de dónde demonios se ha sacado eso. Que dice que casi me ahogo en la pila bautismal por voluntad divina.

— Tu abuela dice muchas chorradas siempre, no sé de qué te sorprendes.

— En serio, papá, ¿por qué tenemos que llevarla a ver la procesión? ¿No está siempre “que si tus tíos esto, que si tus primos lo otro”? ¡Pues que la lleven ellos!

— Tu tío Pío está en Mallorca y Ceferino, me han dicho que se ha llevado a tus primos a la Sierra.

— Ya, y nos dejan a nosotros a la abuela. Qué listos.

— Como si no los conocieras. Venga, aguanta, aunque solo sea un rato. Ve la procesión, la llevamos de vuelta a la residencia y nosotros nos vamos a tomarnos una hamburguesa.

— ¡No se come carne en Viernes Santo! —exclamó la abuela con un chillido de rata.

— ¡Qué oído tiene cuando quiere, la señora! —murmuró José Manuel—. Venga, mamá, levanta, que no llegamos a ver salir al Cristo.

El entusiasmo por ver la talla hizo efecto y la abuela Angustias se puso en pie y siguió caminando lo más deprisa que le permitieron sus piernecitas repletas de varices. A medida que bajaban la calle, se iban encontrando con más y más gente: era señal de que se estaban acercando. Y cuando por fin llegaron al lugar que habían elegido como el más idóneo para verlo bien, la masa de gente parecía más densa y más despiadada; resultaba prácticamente imposible ver nada.

El fervor religioso de la abuela era muy fuerte, y no iba a perderse el espectáculo por eso. Ella, como la mayoría de los ancianos, consideraba que le quedaba muy poco tiempo en este mundo como para perderlo teniendo vergüenza, así que se abrió paso entre la gente con empujones y mucho morro, tan ferozmente que su nieto se sonrojó por ella. José Manuel y Carlitos la siguieron hasta alcanzarla justo tras la valla de seguridad, donde se había plantado.

— ¿No has traído sillas? —preguntó la abuela al ver frente a ella a un grupo de señoras sentadas en sillas plegables de madera.

— No, mamá—respondió José Manuel.

— Ceferino las habría traído—masculló la abuela, y se quedó mirando a los policías, que se encontraban en la calzada, a una cierta distancia.

Carlitos cada vez deseaba con más fuerza haberse caído por las escaleras y haberse torcido un tobillo, habérselo roto incluso, para librarse de ir, igual que había hecho su madre. La había visto caminar con bastante facilidad, pero ella había sido lista y había sabido fingir una incapacidad total. Cuando Carlitos se lo echó en cara antes de irse, ella se encogió de hombros y contestó que siempre había cuidado a su suegra cuando era necesario, pero no estaba de humor para aguantar comentarios sobre lo mucho que desentonaba en aquel ambiente, siendo ella “de virtud dudosa” y, sobre todo, “atea” (aquello siendo pronunciado como un escupitajo). A su vez, ella preguntó si era buena idea que Carlitos fuera a esos sitios.

— Sí, sí, que venga—había respondido José Manuel por él—. Así hace algo, en vez de pasarse la tarde en el ordenador.

Catalina no replicó ni aunque no estuviera de acuerdo. Se limitó a esperar.

Un súbito redoble de tambores hizo que la abuela se callara como por ensalmo; si siempre estaba encorvada, en ese momento se puso rígida. Un par de policías motorizados pasaron por delante de ellos, cegándolos con sus luces. Salvo a la abuela. Aquella mujer parecía poseída. Había sacado del interior de su abrigo un rosario de cuentas anaranjadas, con el que Carlitos siempre la recordaba haber visto siempre, y lo sujetaba en su mano con fuerza, casi como si su vida dependiera de ello.

Era un tanto difícil ver algo desde donde se encontraba Carlitos, porque la gente le empujaba para conseguir un hueco decente. Tanto era así que Carlitos terminó irremediablemente arrastrado lejos de la valla y tan sólo sabía que la talla se estaba acercando porque los picos de las capuchas de los nazarenos se alzaban sobre las cabezas de los espectadores y el ruido de los tambores se oía con cada vez más fuerza. Como no veía nada de nada y el paso tampoco era de su interés, sacó el móvil, solo para que unos segundos después le diera un manotazo con el que lo tiró al suelo. Alguien asintió aprobando aquel gesto tan brusco.

— Niño, deja el móvil, que no es el momento, coño.

— ¡Papá, que me lo acabo de comprar!

— Mira, que está ahí la tele.

Anque con algún ranguño, el móvil estaba a salvo. Una vez lo hubo comprobado, Carlitos se puso de puntillas y vio que era verdad: justo entonces pasaban por delante de ellos un cámara y una reportera que comentaba lo que veía en voz respetuosamente baja. La abuela Angustias seguía mirando tiesa como un palo al Cristo que se acercaba a paso muy lento (aunque cabía preguntarse si lo veía de verdad, por lo corta que era de vista). A paso desesperadamente lento, en opinión de Carlitos. Puede que fuera al infierno de cabeza, pero no veía el momento de que aquello terminara, y eso que apenas acababa de empezar.  <<Si es verdad que hay un Dios, sabrá perdonarme por ser incapaz de encontrarle el sentido y la gracia a adorar un pedazo de madera. Si al menos animaran un poco la cosa para jóvenes indecisos, como esos coros de negros, que tienen tanto ritmo. Pero, claro, esto va sobre la Pasión y muerte de Jesucristo y eso de hacer gorgoritos y menear el cuerpo no queda muy solemne. Aunque Jesucristo Superstar…>>

Así de perdidos estaban los pensamientos de Carlitos, tanto que no se dio cuenta de lo que ocurrió después hasta que se armó el follón.

Había en medio de la calzada un pequeño socavón denunciado desde hacía tiempo, que nadie se había molestado en reparar. Los costaleros estaban sobre aviso y lo evitaron, pero uno de ellos, debido a un momentáneo flaqueo de sus fuerzas (<<que sí, que estoy fenomenal, que es solo un resfriado de nada>>), no pudo evitar hundir el pie en el hoyo. El resultado fue que la imagen sufrió una sacudida leve. No fue gran cosa, porque los demás compañeros sujetaron con fuerza, pero el vaivén fue el justo para que una de las velas cayera de lado. Prendió uno de los ramos de adorno.

Se desató el pánico entre los espectadores; empezaron a gritar, unos señalando el pequeño fuego, otros llevándose las manos a la cabeza. Los costaleros soltaron su carga, pero algunos estaban tan alterados que simplemente la dejaron caer con muy poco cuidado. La reportera estaba retransmitiendo el directo de su vida.

— ¡El Cristo ha caído! ¡Se ha caído! ¡No podemos ver si ha sufrido daño! ¡El fuego se extiende! ¡Oh, Dios mío, ha prendido la falda de ese nazareno que se acercaba a ayudar!

La abuela no pareció inmutarse siquiera. Tan solo sufrió un pequeño espasmo, pero era algo que ocurría muy frecuentemente, como si sus músculos funcionaran a trompicones. José Manuel giró la cabeza hacia donde se encontraba Carlitos y lo vio con media cabeza escondida dentro de su chaqueta. Se acercó a él, aunque no le dijo nada; simplemente puso en sus manos las llaves de casa. Carlitos comprendió al instante. No solo se había librado de aquel compromiso: algo le decía que su padre no le iba a volver a pedir favores de ese tipo nunca más. El chico desapareció entre la multitud que se agolpaba para ver qué ocurría, dejando a su paso móviles que dejaban de funcionar y otros contratiempos. Había cumplido su deseo de marcharse y se sentía agradecido, aunque se prometió a sí mismo ir algún día de esos a la iglesia del barrio a confesarse sin falta. No le había importado no pisarla desde el día de su comunión, pero debía hacerlo ahora, en vista de lo que había ocurrido, porque sin duda era culpa suya y no quería estar a malas con el de arriba. Por si las moscas.

 

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