Los que vinieron antes (II)

Barcelona, 1985

Reme encendió un cigarrillo sin preguntarle a su visitante si le molestaría.  No era fumador, pero le conocía lo suficientemente bien como para saber que no le negaría aquel pequeño alivio para sus nervios.

Sí que le conocía bien. Desde la muerte de su prometida en un accidente de tráfico el año anterior lo había visto tan a menudo como a cualquier miembro de su familia. Había terminado por considerarlo como tal. Un tipo un tanto peculiar: viendo lo formal de su aspecto y los títulos en su haber, uno no habría creído que diera tanto crédito a las sentencias de una simple pitonisa. Pero había acudido a muchas, y siempre se dejaba un buen dinero en sus consultas. Cuando conoció a Reme, la convirtió en su consultora de cabecera, no daba un solo paso por la calle sin hablarlo con ella primero. Aunque era muy generoso, Reme siempre le hacía jugosos descuentos o le regalaba sesiones. Solía hacerlo con quien realmente lo necesitaba, pero sentía cierta debilidad por este hombre en concreto.

— Trato de no amargarme. Quiero decir, que me va a dar lo mismo. En fin, me alegra saber que todo te va bien. No sabes cuánto agradezco tus visitas. Los imbéciles de mi marido y mis hijos decían que querían lo mejor para mí y ya lo ves, aquí estoy, más sola que la una. No sé si tienen miedo o si su plan es aparcarme en este sitio de mala muerte y olvidarse de mí. No, supongo que no. Yo era la única que traía dinero a casa. Tendrías que ver a Alfonsito, cómo se bebe lo que gano. No podrá caminar, pero beber, ¡qué bien bebe!

— No te preocupes por ellos. Te prometo que haré todo lo posible porque no les falte nada mientras estás aquí.

— No te molestes. Emplearán el dinero que les des en anís y gilipolleces. Y tampoco les lleves comida: no te lo agradecerán nunca y encima se malacostumbrarán a que les vengan las lentejas a casa. ¡Ay, si hubiera hecho caso al pálpito que tuve cuando me figuré en la iglesia lo que iba a venir! Pero Alfonsito estaba tan guapo y estaba la iglesia tan llena que no podía echar a correr. Y, qué quieres que te diga, por aquel entonces creía que eran solamente pensamientos tontos que le vienen a todas las mujeres en el altar. Llevo toda la vida teniendo pálpitos y nunca me he equivocado, pero quise creer que esa vez sería diferente. Y aquí estoy, por tonta.

Su amigo rió suavemente, un tanto incómodo. Reme sonrió.

— Lástima que yo ya sea vieja y que tú seas tan joven. Tú sí que me entiendes.

— ¿Has vuelto a tener una de tus…cómo las llamas?

— Pálpitos. Ah, ya veo. Vienes por eso.

— No. Te prometo que no. Es que siempre que te viene uno te quedas hecha un trapo y…

— ¿Tan mal aspecto tengo? Bueno, no te sorprenda: apenas duermo, casi no pruebo bocado…Con la cantidad de locos que hay aquí, que hay que tener ojos hasta en la nuca, y los pensamientos, porque es muy difícil ser positiva…Sí, por supuesto que no estoy en mi mejor momento. Sí, algo he visto. He visto que a mi hijo Tomás no le queda mucho tiempo.

— Oh, por Dios, Reme…

Reme inhaló y exhaló humo con parsimonia, saboreando el tabaco. Su mirada estaba perdida en los pantalones de pana del otro.

— Ya sabes que está metido en esa mierda que circula por ahí. ¿No te lo he dicho? Bueno, pues es así. Ya le he dicho mil veces que se busque un trabajo, arregle las cosas con su chica y se reforme, pero uno no puede ayudar a quien no quiere ayuda. Va a coger el coche estando colocado y se va a estrellar. Va a pasarse dos días en coma y luego morirá.

— …Lo siento, Reme.

— Por quien lo siento es por la pareja a la que se va a llevar por delante. Lo peor es que la visión no me aclara si los va a matar o no. En cuanto a Tomás…hice lo que pude. Dios es testigo de que hice lo que pude. Oye, Alberto.

— ¿Sí?

— Eras mi mejor cliente. Creo que había una conexión especial entre nosotros; no necesito mucho esfuerzo para leer tu futuro. ¿Vendrás a verme más a menudo?

— Por supuesto, Reme.

— ¿Y me traerás cigarrillos?

— Si es lo que quieres, claro que sí.

— Gracias. Antes de que te vayas, déjame decirte algo. Es importante y yo no estaré para recordártelo cuando pase, así que abre bien las orejas. Dentro de unos años te irás a vivir a Madrid, te saldrá un trabajo. Será un buen trabajo, aunque vas a tener que hacer mucho transbordo para llegar. Escucha, escúchame bien. El día once de marzo de 2004 no se te ocurra coger el tren. Ve en coche, en autobús, a patita, como sea, pero ni se te ocurra coger el tren—Reme volvió a llenarse los pulmones lentamente de humo, de nuevo con la mirada perdida, aunque esta vez con una mirada mucho más lánguida y melancólica—. No sabes cuánto me duele no poder avisar a todo el mundo. Si se lo cuento a alguien más, confirmarán que estoy loca; y si escribo una carta, se perderá, no llegará a quien puede hacer algo por impedirlo. Cuando era joven pensaba que este era un don con el que podría ayudar a la gente. ¡Menuda tonta era, Alberto mío! ¡Menuda tonta! Hay una cosa que he aprendido en la consulta, Albertito, y es que la gente no quiere que les digas la verdad. Oh, no. Todo menos eso.

 

 

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