Supergafe: Un plan a prueba de bomba

Carlitos tiene un plan para deshacerse de la pesada de Lourdes de una vez por todas, y sus perseguidores aprovechan esta oportunidad para caer sobre él. Ambos utilizarán una misma arma: el miedo. 

Eran una panda de cretinos, pero tenía que darles la razón en una cosa: dejarles a ellos el trabajo haría las cosas infinitamente más fáciles. Miguel podía reventarle a Benítez una vena del cerebro sin tan siquiera levantarse del sofá de su casa, solo por poner un ejemplo. ¡Había tantas posibilidades! Muchas veces Manolo se decía a sí mismo que estaba haciendo el tonto, insistiendo en complicar lo que era tan simple.

Sin embargo, no podía cambiar el plan. Ellos no podían quitarle la vida al crío, tenía que hacerlo él con sus propias manos.

– ¿Quieres una hamburguesa?

Con todo, tenía que andar con pies de plomo si no quería arriesgar su futuro.

– A mamá no le gusta que coma esa comida grasienta–contestó Simón.

– Bueno, pero no te voy a mandar a casa sin cenar. Venga, qué demonios, si no se va a enterar. Mira, con un menú te regalan vasos.

No podía permitirse estropear las cosas ahora.


– Jefe, ¿qué le hizo el chico?

Manolo se limitó a rascarse la nuca.

– Va a quedar con una chica mañana, hemos interceptado sus Whatsapps. Sacadlo de ahí, yo estaré esperando en un local abandonado que hay en la zona, luego os paso la dirección concreta. Lo mataré ahí y luego nos reuniremos para deshacernos del cadáver.

– Estarán juntos tol tiempo.

– Ya. Apañáoslas para quitar a la chica de en medio. Recuerda: si no hace más que molestar o si os descubre, matadla. Haced lo que tengáis que hacer. Eso sí, con disimulo. Que no se os olvide el disimulo, no me la vayáis a montar otra vez.

– Bueno, digo yo que algo se podrá de hacer sin tener que matar a naide.

– Sería lo recomendable, sí. Pero tampoco tenemos que amilanarnos. Hay que echarle unos pocos huevos a la cosa.

– Se hará lo que se pueda.

– Cuando vengan los otros habrá que comentar el tema de la eliminación de nuestras huellas dactilares, por cierto.

– ¿Lo qué?

– Nada, hablaba conmigo mismo.


– ¡Hasta luego!

– ¿Has quedado?

– Sí.

– ¿Con quién?

– Con Lourdes.

– ¿Lourdes? ¿Quién es Lourdes?

<<Historia>>, pensó Carlitos mientras se esbozaba una sonrisa en su cara.
Lourdes no solo había acudido puntual a Atocha, sino que a Carlitos le dio la sensación de que llevaba esperando un buen rato allí. Se había engalanado para la cita, con un vestido azul y blanco con mucho vuelo y una cinta para el pelo. Carlitos habría pensado que no estaba demasiado mal de no ser por la mata de pelo que tenía en las piernas.

– ¿Quieres ir a algún sitio en especial?–preguntó Lourdes.

– Nah.

– Podríamos ir al Retiro, se está muy bien allí.

– Como quieras.

No hubo discusión: allí se dirigieron.

– Y ¿qué tal te va con los estudios?–le preguntó Lourdes mientras cruzaban un paso de cebra.

– Mal, me toca repetir curso.

– Oh, vaya. Tú tranquilo, que no es el fin del mundo. Mi prima Maribel repitió dos veces de curso y ahora está en el Tribunal Constitucional. Allí me gustaría estar. Repartiendo justicia. Un poco como Batman, pero con toga.

Después de eso, Lourdes soltó una risa tan ruidosa y espontánea que unos cuantos viandantes se giraron hacia ella. A Carlitos le recordó un poco a una mula.

– ¿Y tú qué planes tienes de futuro?

– No morir.

– Qué gracioso eres.

A petición de Lourdes, se detuvieron en la Cuesta de Moyano para echar un vistazo. Allí ella encontró un libro de Pérez-Reverte que compró sin mirar el precio.

– ¡Jo, qué suerte! ¡Igualito que el que perdí en el instituto! ¡Llevo años buscando esta misma edición! Eh, pues no sé por qué dicen que das mala suerte.

Carlitos supo en una fracción de segundo que solo podía pasar algo malo después de pronunciar aquellas palabras, y no se equivocó. Apenas acababa de terminar las frases cuando Lourdes se tambaleó y cayó de culo al suelo dando un gritito. Por lo que pudo ver Carlitos de refilón, había metido el pie en un pequeño hueco y su sandalia con plataforma un poco alta y gruesa hizo el resto.

– ¿Estás bien?

– ¡Au! ¡Auauau!–respondió Lourdes. Con la ayuda del muchacho se puso en pie y cojeó hasta un banco–. El tobillo, ¡au!

– ¿Quieres que…?

– No, si no es nada, creo. Dame un ratito, nada más.

Carlitos se sentó a su lado a mirar el cielo mientras Lourdes se masajeaba el tobillo.

– ¿Y es así siempre?

– Sí.

– Vaya faena.

– A mí me lo vas a contar.

Lo sentía por ella, pero las cosas estaban yendo según lo previsto.

– ¿No lo ves un poco hinchado?

– Un poco.

– A ver…–Lourdes se levantó y dio unos pocos pasos–. No, no duele. Eso es que no me he hecho nada. ¿Seguimos?

Qué remedio. Subieron hasta el parque y allí dieron una vuelta en busca de un rincón donde sentarse, cosa que les llevó un rato porque a esa hora el césped estaba atestado de gente que se les había adelantado y ocupaban los mejores sitios a la sombra. Al final encontraron un lugar cerca de un kiosco de helados, aunque Carlitos lo notó un poco mojado. Lourdes no había dejado de hablar desde que retomaron su camino y no calló hasta que se sentó en el césped, sobre una pobre hormiga.

– Pues ya es casualidad que conocieras al tío de Dulce y Ele. Ele me lo contó. Porque, ¿qué probabilidad había de que gente como…bueno, como vosotros, se encontrara? Es increíble.

– Ya. El destino o algo así–lo cierto era que Carlitos llevaba rato sin escuchar realmente, con el piloto automático.

– Estoy segura de que tiene que haber miles, millones de personas como vosotros en el mundo. Se oyen cosas tan raras a veces que tiene que ser eso por fuerza y superpoderes y tal. Bueno, superpoderes…Talentos o…lo que sea, vamos. Da cosilla solo pensarlo, lo que la gente podría ser capaz de hacer.

Carlitos no dijo nada, ¿qué podía decir? Él se había enterado de su condición hacía poco. Y, definitivamente, se habían sentado sobre césped mojado y aquello no era nada cómodo.

– ¿Tú sabes si hay antecedentes en tu familia?

– Que yo sepa no. Bueno, sé que un antepasado mío era hijo de primos hermanos, pero no creo que tenga nada que ver.


– Hay mucha gente–murmuró Paco, mirando en derredor.

– ¿Y eso qué más da? El caso es hacer las cosas rápido y bien–replicó Caspa.

– Vale, ¿alguna idea?

– Eh, pues se me ha ocurrido algo. Mirad.

El grupo se volvió hacia Miguel y echó un vistazo al periódico que se había encontrado abandonado en el Metro y que había estado hojeando.

– …¿Qué tiene que ver la Merkel en to esto?

– Ah, ya sé por dónde vas. Sí, sí–los labios de Amnesia describieron una pequeña curva ascendente.

– No lo pillo– Caspa tuvo que leer el artículo y tomarse un momento para comprender–. Vale. ¿Y eso cómo lo hacemos? ¿Llamamos a los del DAESH? Porque no podrás crear una bomba con chicles y el bonobús, ¿no, microbio?

– Microbio tu padre–replicó Amnesia–. No hacen falta bombas, tan solo barullo.

– Mientras nadie salga herío…– Paco se encogió de hombros.

– Nah, tan sólo el crío–contestó Miguel.


– …Un ambientador con olor a pan recién hecho. De verdad, el que lo saque, se forra.

Una paloma de plumaje blanco aterrizó cerca de ellos y se puso a rebuscar y picotear el césped. De repente, de forma tan inesperada que Lourdes no pudo evitar soltar una exclamación de camionero, un pastor alemán grande como un poni se abalanzó sobre la paloma y sus plumas se tiñeron de rojo.

– ¡Roco! ¡Suelta eso, cacho bestia!–le gritó su dueño, recogiendo la correa que colgaba alrededor de su cuello, pero el perro ya le había arrancado la cabeza.

Lourdes se llevó una mano a la boca y lanzó una mirada horrorizada a Carlitos.

– Atraigo la desgracia a todo aquel que se encuentra a un radio de siete metros. A veces si siquiera están en el mismo lugar que yo.

Lo sentía por el pobre pájaro, pero aquello era perfecto. Ninguna chica en su sano juicio querría saber más de alguien como él después de lo que acababa de ver.

Lourdes volvió los ojos hacia el joven que aún luchaba por arrebatarle la paloma al perro enloquecido y, decidiendo que era algo completamente repugnante, se giró hacia Carlitos. Suspiró hondo, con gesto de princesita, y finalmente dijo:

– Lo siento mucho por ti. La vida no ha sido justa contigo. Pero tú no te preocupes: yo voy a estar aquí para lo que necesites. Te lo prometo.

Tras un momento de estupefacción, Carlitos sonrió enseñando los dientes.

– …Gracias…Es…no tengo palabras.

Verdaderamente no las tenía.

Esperaron a Caspa cerca de la fuente del Ángel Caído. Como hacía mucho calor para esperar ahí como pasmarotes, y con la excusa de aparentar normalidad, Paco se pidió una cerveza, Miguel, un Nestea y Amnesia, un helado de chocolate y nata.

– Qué cabrones, me podríais haber pedido algo–protestó Caspa cuando estuvo de vuelta.

– ¿Lo has conseguido?–preguntó Miguel.

– ¡Pues claro! ¡Estas cosas te las venden hasta en los chinos! Esperad, no tiréis las latas.

– Pero eso va a hacer metralla, tío.

– Mejor.

¿Y ahora qué? Las cosas se habían torcido y no había remedio. ¿Por qué tenía que ser tan afectuosa y comprensiva la chica a la que quería perder de vista? Esto pensaba Carlitos, ajeno, como todos los demás, a lo que planeaba aquel grupo. A una distancia prudente de él y Lourdes, Miguel calentaba sus tobillos para el sprint de su vida. El traje de Flash daba un calor asfixiante y le daba la ligera sensación de que su madre había vuelto a cogerlo sin permiso para lavarlo de forma que había encogido un poco. Procuró no pensar en ello. Paco esperaba afuera con un coche listo para la huida, mientras que Caspa y Amnesia se encargarían de hacer que cundiera el pánico. Hizo crujir los tendones de sus cervicales, calentó los tobillos y esperó la señal. Ésta no tardó en aparecer, y Miguel prendió la mecha del cohete, lo introdujo en la lata de cerveza vacía, la dejó en el suelo y se situó cerca del lugar donde se encontraba el objetivo, todo en apenas un segundo. Nadie pareció percatarse de la lata que había aparecido como por arte de magia cerca de una papelera; tampoco era nada fuera de lo normal. Aunque su aspecto era muy llamativo y alguien se preguntó cómo no había visto antes a alguien tan cantoso, todo el mundo se olvidó completamente de él cuando sonó la explosión.

En un principio Amnesia había sugerido que Caspa aprovechara su viajecito para comprar algún componente químico de muy fácil adquisición para aumentar el efecto, pero como seguramente la hubiera aumentado demasiado y el fin era conseguir una distracción, no atentar, lo descartaron, y Caspa resolvió comprar un petardo de los gordos. Todo salió a pedir de boca. Lourdes se quedó con la palabra en la boca. Se giró al oír la explosión y los gritos de la gente. Sintió un empujón y cuando se volvió hacia Carlitos, éste había desaparecido como por arte de magia, dejando atrás la tierra revuelta y una sandalia.

– ¡¿Carlos?!

Lourdes se levantó. Mucha gente comenzaba a correr hacia las salidas, gritando, y, al verlos, otros se sumaron. Vio a un par de chicas con cortes sangrantes.

– ¡Carlos!

Ni el mismo Carlitos supo qué había pasado. El sonido de la explosión no había acabado su recorrido por su sistema auditivo cuando sintió que lo agarraban y un rayo rojo lo arrastró. No tuvo tiempo de abrir la boca, todo a su alrededor se veía difuso, todo había ocurrido demasiado rápido.

Entonces, hubo un golpe atroz que detuvo el mundo. Paco salió aprisa del coche y se llevó una mano a la cara.

– Ay, la madre que lo parió…

Miguel aún no había hecho movimiento alguno cuando Carlitos se irguió un poco. Por un instante pensó que había muerto. Era… ¿Flash? No, un tipo con gafas disfrazado de Flash. Seguramente uno de esos que vendían globos y se hacían fotos con los niños.

– ¡Carlos! ¡Carlos! ¿Dónde estás?

Lourdes no quería dejar a Carlitos ahí, después de ver que algo terrible acababa de ocurrir, pero la policía ya estaba desalojando la zona. Quizás Carlitos estuviera afuera. Con esa esperanza, corrió hacia las puertas.

El choque había sido tan tremendo que a Miguel se le rompieron las gafas y se sentía mareado. Aquellas cosas no parecían tan dolorosas en los dibujos animados. Carlitos también estaba muy desubicado, pero como no había recibido el impacto directamente se sobrepuso antes y se puso en pie, tambaleante. Paco apretó los dientes. Había que hacer algo antes de que se les escapara. Así que se arriesgó y corrió a por él.

– ¡Vente p’acá!–le dijo mientras lo agarraba del brazo.

A Carlitos no le hizo falta rebelarse, porque alguien se lanzó sobre Paco y comenzó a propinarle un puñetazo tras otro apenas hubo rozado éste la piel del chico.

– ¡¿Y tú quién eres?! ¡¿Y tú qué haces?! ¡Suéltalo ahora mismo!

Miguel se recuperó lo suficiente para ver que no había forma de arreglar las cosas, así que no se lo pensó y, usando su velocidad prodigiosa, huyó. Un anciano y una mujer extranjera fueron testigos de cómo desapareció como por arte de magia, pero se terminaron convenciendo de que todo había sido una ilusión de su mente. Paco extendió su brazo lastimosamente en dirección a donde se había marchado su compañero, y recibió a cambio un bolsazo en la cabeza.

– ¡Que me lo quería secuestrar, este tipo, aprovechando el barullo! ¡El so cerdo!–exclamaba Lourdes.

– ¡Tú! ¡Tú eres el del otro día!–exclamó Carlitos.

Paco trató de huir y fue retenido por un par de testigos. Alguien avisó a los policías que se encontraban dirigiendo a la gente y abandonaron por un momento ese cometido para averiguar qué ocurría. Al ver cómo lo esposaban, Caspa y Amnesia se miraron y se resignaron a hacer un poco de teatro. Caspa cogió en brazos a Amnesia, quien se quitó las gafas para dejar salir unos lagrimones de cocodrillo y llorar asustada, y abandonaron el lugar tan rápido como le fue posible, sin mirar atrás.

A varias calles de allí, Manolo terminó de leer el catálogo de un supermercado que había encontrado por ahí, se puso en pie y se paseó, resoplando de puro aburrimiento. ¿Por qué tardaban tanto esos zopencos?

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