Los que vinieron antes (III)

Valladolid, 1899

No eran pocos los que se alegraban de ver a Román sentado en la silla; habían acudido en masa a presenciar cómo le retorcían el pescuezo igual que a un pollo. Era una familia muy querida y lo que había hecho no tenía perdón de Dios. Si la justicia no se hubiera hecho cargo inmediatamente, los propios vecinos lo habrían arrinconado en la calle y dado a probar de su propia medicina.

Los periódicos dieron buena cuenta del crimen. Era algo sensacional. Uno nunca hubiera dicho que Román Bermejo, precisamente él, pudiera ser capaz de hacer una cosa así. Era la última persona de la que uno lo esperaría. Sus modales eran exquisitos, era educado, un buen cristiano, amante esposo, modelo a seguir para sus hijos, inspiración para el barrio. Se sabía que escribía poesía en sus ratos libres, unos versos muy hermosos que por alguna razón se había negado a enviar a un editor; y colaboraba con su parroquia en obras de caridad. Su mujer tampoco tenía tacha alguna; muchos maridos habrían dado lo que fuera por haber pescado a aquella mujer antes que Román. Era hermosísima, y los niños, de entre cinco años y dos meses, eran idénticos a ella. Un auténtico cuarteto de querubines. Román se deshacía en halagos hacia su familia con motivo y ellos lo tenían en un pedestal.

Y un buen día Román se bajó de él para apuñalarlos.

Los investigadores hablaban de un ensañamiento y una crueldad inhumanos, pues el señor Bermejo no se conmovió ante los gritos desgarrados que los vecinos declararon oír y atacó con cuchilladas necesariamente letales a su mujer e hijos, sin perdonar siquiera la vida de la recién nacida.

Aunque las lenguas de los vecinos siempre fueron muy afiladas y no respetaban ni a los muertos, no hubo una sola alusión a que la mujer quizás hubiera hecho algo para provocar la ira de un hombre tan tranquilo y bueno. Todo el mundo estaba estupefacto y roto de dolor. Deseaban que ese asesino sufriera las torturas más crueles en el infierno.

El infierno…Román no escuchaba el último sermón del sacerdote, pero su mente divagaba sobre él. No, él no iría al infierno.

– ¿Que si me arrepiento de mis pecados, padre? No. Yo no he pecado en ningún momento. Lo que he hecho ha sido un favor. Muero con la conciencia tranquila.

El religioso frunció el ceño y terminó el trámite con toda la celeridad posible. Le resultaba muy difícil ser imparcial (cuatro hermosas criaturitas, ¡qué espanto!), pero trató de decirse que la locura debía estar detrás de aquel crimen, porque nadie en sus cabales podía haber hecho una cosa semejante. De todas formas, era competencia de Dios juzgarlo, no suya. De modo que dio paz a su alma, lo ayudó a besar el crucifijo y se apartó para dejar paso a la justicia de los hombres.

El público contempló expectante cómo el verdugo comenzó a girar el mecanismo. Román permaneció impasible, y eso hizo que lo detestaran aún más.

<<Ustedes no lo vieron…El monstruo con el que me casé y las criaturas que engendramos, iguales que ella. Si lo hubieran visto, me habrían agradecido lo que hice.>>

El hierro comenzó a apretar, al principio solo ligeramente, luego de una forma tan incómoda que se retorció. Era inútil tratar de mantener la compostura: el aire ya no podía circular por la tráquea.

Por supuesto que no iban a comprender. Ellos no los habían visto en la cocina, reunidos como en un aquelarre, cuando creían que él dormía en la butaca…Sí, eso era. Un aquelarre de monstruos inhumanos…Sus manos manchadas de negro…Aquellas manitas ennegrecidas fueron su último pensamiento antes de que todo se acabara con un chasquido. Román se quedó inmóvil, y su esfínter se relajó.

Una mujer que se encontraba entre el público rompió a sollozar, aunque de pura rabia, porque no había sufrido lo suficiente. Era su cuñada. La mayoría vitorearon al verdugo; alguien le ofreció una propina a cambio de que les dejara el cadáver.

Aquel monstruo no sería enterrado junto a sus víctimas, por supuesto; nadie lo permitiría. Tendría suerte si se le daba una sepultura cristiana. Los monstruos debían desaparecer de la vista de las gentes decentes y olvidarse. Román hubiera estado de acuerdo.

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