La biblioteca de la muerte

Como estos días de atrás han estado dedicados a los difuntos, os voy a hablar de una biblioteca muy curiosa que tenemos la suerte de tener en España.

Sabemos que existen bibliotecas especializadas en un tema en concreto, y la del cementerio de Montjuïc, en Barcelona, está dedicada, cómo no, a la muerte. En realidad, esta es la segunda de las bibliotecas funerarias con mayor fondo en Europa (la primera está en Viena) y la única de este tipo en España: alrededor de tres mil seiscientos cincuenta ejemplares dedicados al último aliento.

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¡También se lee en la playa!

Bueno, mis vacaciones tocan a su fin. No voy a contar aquí mi vida, principalmente porque a nadie le importa un carajo; el caso es que esta semana pasada tuve la suerte de disfrutar de la playa después de más de una década sin pisar una, concretamente en la Costa Blanca, y allí me encontré con una visión que hizo saltar mi corazón: una biblioteca en la playa.

Y es que, pensándolo bien, si han implantado bibliotecas en las piscinas, ¿por qué no en la playa?

Por desgracia, no puedo ofrecer ninguna instantánea de cómo es la que hay en la playa de Poniente de Benidorm de día, porque no tuve la oportunidad de pasarme por la zona mientras estaba abierto. Pero a simple vista se puede apreciar que tiene una extensión nada despreciable (cuando abrió en 2015 contaba con dos mil volúmenes para préstamo) y una ludoteca contigua para los peques.

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Para que veáis que se puede disfrutar de la lectura donde sea, y aún más en las playas, donde se lee mucho mientras uno se tuesta al sol.

 

Ayudando a la Tierra desde la biblioteca

El otro día, investigando para las oposiciones, me encontré un concepto que me pareció tremendamente interesante y, vaya coincidencia, a solo un día de la jornada del Día de la Tierra.

Puede que el concepto sea más conocido como “banco de semillas”, pero estamos hablando de incorporarlo a las bibliotecas.

En el mundo de hoy, en que la agricultura se está dejando cada vez más de lado y se tiende a introducir especies foráneas porque suelen ser más rentables, hay gente que aboga por guardar semillas de plantas locales y dársela a aquellos miembros de la comunidad dispuestos a cultivarlas gratis o a cambio de una pequeña cantidad. Esto por una parte permite salvar los cultivos propios y, por otra parte, anima a otros a que guarden sus semillas y las compartan con los demás (algo que puede ser un requisito imprescindible si estamos hablando de variedades un tanto raras o de una biblioteca pequeña). Un concepto para nada nuevo, pero que pocos lugares llevan a cabo. Esto lo he encontrado en ciertas bibliotecas de Estados Unidos, y sería interesante verlo en España.

Aquí va un vídeo al respecto (en inglés y sin subtítulos):

 

 

 

Los héroes olvidados de las bibliotecas

Nos pusieron este documental durante el curso de Prestación de Servicios Bibliotecarios y me llegó tan hondo que quiero compartirlo con vosotros. Un homenaje a las muchas personas que trabajaron duro para extender la alfabetización y la cultura y preservar ambos en un momento tan difícil como lo fue la Guerra Civil.

Guardianes de las palabras

El guardián de las palabras…¿alguien se acuerda de esa película? Fue dirigida por Joe Johnson y Maurice Hunt y protagonizada por Macaulay Culkin en 1994. Trata sobre un niño temeroso, Richard, que, de camino a comprar unos clavos para construir una casa en el árbol, se ve atrapado por una tormenta y se tiene que refugiar en una biblioteca. El bibliotecario le intenta convencer de que busque un libro y se haga usuario, pero Richard solo quiere volver a casa, así que ronda la biblioteca buscando un teléfono. Entonces resbala con el agua que ha traído de la lluvia y cae al suelo, bajo la bóveda decorada con personajes literarios, que al poco comienza a gotear, convirtiendo la biblioteca entera y a sí mismo en dibujos. Para salir tiene que encontrar la salida, pasando por innumerables peligros, y consigue la ayuda de los libros Aventura, Fantasía y Horror.

 

Esta película me gustaba mucho cuando era niña (me acabo de enterar de que está basada en un libro, que va a ir de cabeza a mi lista de libros pendientes), y ahora, de mayor, me gusta aún más. Puede que no sea una obra maestra, pero es la única película que conozco que captura a la perfección la magia que encierra la literatura y que enamora a los lectores. ¡Y la biblioteca que sirve de escenario es preciosa!

Si algún día tengo la suerte de volver a dar el callo en una sala infantil, haría todo lo posible por convertirme en una guardiana de las palabras y convertir la biblioteca en un lugar donde encontrar aventuras y cosas hermosas.

 

¡Que circulen!

Las dos formas más recurrentes para conseguir lectura sin tener que dejarse un pastizal es recurriendo a la biblioteca o a través de descargas de libros electrónicos Internet. Pero la gente se suele olvidar de otra fuente: el trueque.

Es una práctica que, a mi modo de ver, está infravalorada. Demonios, matas dos pájaros de un tiro: te deshaces de los libros que no quieres conservar y te llevas a cambio otro que no has leído aún o que estaba en tu lista. Lo conocí gracias a una asociación cultural, que organiza algunas veces trueques en un parque de mi municipio y en su sede tiene estanterías llenas de libros para este fin. De no haber sido por ellos, jamás habría visto algo parecido.

Sería interesante encontrar algo de eso en las bibliotecas: no hablo del llamado bookcrossing (dejar un libro en un cierto lugar para que otros lo encuentren y lo suelten también una vez los hayan leído), sino de un espacio de intercambio de ejemplares, donde los usuarios dejen los libros que ya no quieran de su casa y cojan a cambio los que quieran, supervisado y alimentado por la biblioteca con sus ejemplares de expurgo. Tengo la tentación de hacer el experimento una vez haya conseguido el puesto de bibliotecaria. ¿Qué creéis vosotros: tendría éxito o los caraduras, que se llevarían libros sin dejar a cambio, lo estropearían?

Libros prohibidos (uno concretamente)

Quiero recordar haber oído hace años sobre un chico joven que trató de cometer una masacre en su instituto y los medios hicieron eco de que había ido a su biblioteca frecuentemente a consultar Mi lucha de Adolf Hitler. Según supe después, ese libro está prohibido en muchos países y quienes quieren leerlo tienen que recurrir a Internet. En España parece ser que se puede encontrar; yo misma lo he visto en ferias y algún puestecito ambulante.

Como la bibliotecaria que estoy determinada a ser (estoy en ello), me he planteado en muchas ocasiones si sería un libro que convendría tener en una biblioteca pública, si la gente preguntaría por él, si sería correcto éticamente hablando tenerlo.

Movida por la curiosidad, planteé la cuestión en mi ya extinta cuenta de Twitter, y la mayor parte de los encuestados no vería mal tenerlo, aunque algunos le aplicarían un control riguroso a su acceso. Pocos verían tenerlo como algo peligroso.

¿Mi opinión personal? Que ese libro debería estar accesible, porque es una tremenda suerte tener una ventana a la mente de una de las figuras más importantes de la Historia. Entiendo los reparos a que salga a la luz, pero recuerdo que la humanidad a matado en nombre de la religión, la ciencia, de ideas como el comunismo, el capitalismo, etc., y no por eso se prohíben los libros sagrados, las obras de filósofos ni tratados científicos. Vamos a partir de la base de que quien coge el libro tiene la cabeza bien amueblada y va a leerlo de forma crítica. Que las bibliotecas son almacenes de ideas y allí lo que cada uno haga con ellas depende solo de su criterio.