Esto no es publicidad en absoluto

Pero vendo unos cuantos libros y algunas cosillas más a través de Vibbo. 

Aquí dejo un enlace por si os interesa (el caso es que no sé cómo enlazar a mi perfil, porque me sale el de administradora, así que dejo uno de los libros que tengo a la venta y de ahí podéis saltar a mi perfil; siento ser tan lerda)

Cada friki con su tema

Se supone que hoy es el día del Orgullo Friki. Con estas cosas me pasa lo mismo que con el Día del Orgullo Gay o el Día de la Mujer: muy reivindicativo, vale, pero yo no siento ningún orgullo por eso, porque no se trata de algo que me haya trabajado, sino que me ha tocado en suerte. Pero voy a aprovechar para hablar del tema de mi obsesión: la animación de Warner Bros., con la esperanza de encontrarme por aquí a algún otro interesado en el tema.

Me chifla el trabajo del llamado grupo de “Termite Terrace”, es decir Chuck Jones, Friz Freleng, Tex Avery, Robert McKimson y Bob Clampett. Vamos, los directores que hicieron posible los dibujos animados de la Warner Bros y algunos dibujos de Hannah-Barbera o Metro Goldwyn-Mayer. Sobre todo Jones y Avery, diría yo.

Aunque he crecido con Disney y apenas he visto cortos animados de los Looney Tunes durante la infancia, los descubrí ya de mayor, con la suficiente madurez para apreciarlos plenamente. Su ingenio y movimiento siempre consiguen sacarme una sonrisa, incluso cuando todo parece negro. No tengo la casa llena de cosas suyas porque no tienen tanto merchandising como la corporación de Mickey y el que hay es caro; pero eso no importa, porque yo me hago mis propias cosillas: un hama del Correcaminos, tonos para el móvil, o estos cartelitos.

 

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El diseño no es mío, lo he sacado de esta página, que lo tiene libre para descargar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hoy sería el cumpleaños de L. Frank Baum. Yo al Mago de Oz le pediría…

Una voz bonita.

A veces me encantaría colgar en Youtube mis propias versiones de canciones (sí, es más corto decir “covers”, pero ya sabéis lo que pienso sobre los anglicismos innecesarios).

Lo haría de todas formas, pero, creedme, es mejor para vuestros oídos que me quede calladita.

 

 

Si no estás en las redes sociales, tienes un problema

[Aunque los blog forman parte en principio de las redes sociales, me voy a referir a éstas de las que todo el mundo habla, las que se basan primordialmente en redes de contactos]

Estoy harta de leer por todas partes que si no tienes redes sociales no eres nadie, que no existes, que nadie va a hacer caso a lo que haces. También lo venden como el método definitivo para encontrar trabajo, amenazando incluso con que las empresas descartan a los candidatos por no tener perfiles en Internet, supuestamente porque esto revela que no se manejan con la tecnología y no son sociables.

Yo he estado en todas partes, y realmente no exagero. Instagram, Google+ (por obligación, como la mayoría), Facebook, Twitter, DeviantArt, Tumblr, LinkedIn…Un poco por probar. Porque si todo el mundo está en estos sitios, algo bueno tendrá. Y porque Skype se quedó desierto después del auge de Twitter y si quería seguir en contacto con los amigos tenía que tener perfil.

Mi experiencia fue muy desigual. Algunos sitios no me gustaron desde el minuto uno: jamás llegué a usar ni entender Google+, no vi beneficios reales al abrirme una cuenta de LinkedIn estando parada (sobre todo porque no tenía experiencia y esa red está enfocada sobre todo a profesionales consolidados) y tan pronto como acabó mi obligación de tener perfil en Facebook (debido a que la profesora de un curso que hice nos hacía llegar sus noticias importantes a través de este canal; una vez abrí una cuenta por curiosidad y la borré, luego tuve que abrirme otra por esto, por pura obligación), la borré inmediatamente. En otros llegué a estar años, como en DeviantArt y Tumblr, donde, aparte de dar a conocer mis cosillas y aprender mucho, conocí a gente majísima. El caso de Instagram y de Twitter fue mucho más complicado. Hubo un tiempo en que hacía cosplay y que usaba teléfonos táctiles, así que lo usaba para colgar mis fotos; me cansé del cosplay y de los dichosos teléfonos, así que la cuenta desapareció. Con Twitter…en fin, digamos que he creado perfil para eliminarlo al poco tiempo unas tres o cuatro veces.

Ese es mi problema, que no sé si es que no encuentro el medio adecuado, si realmente las redes sociales no son para mí, al ser una chica muy introvertida que lo único que busca es información sobre las cosas que necesita o le interesan, o si es que no las he estado utilizando de forma que les sacara todo el potencial.

De DeviantArt me quedo con la crítica a los trabajos, la interacción y los recursos para artistas.

De Tumblr, con la interacción social y la cantidad infinita de recursos de todo tipo. La he usado para rolear y es la mejor plataforma para ello que he encontrado aparte de los chats.

De Instagram, su simpleza.

Y de Twitter, el flujo de información (algunas veces es el único medio para enterarte de las cosas), el que sea un repositorio.

Ahora bien, si no sigo allí, es por algo. Muchas veces ha sido mi problemilla con Internet, mi tendencia a sentir una cierta ansiedad y desesperación por conectarme, que me ha llevado a usar móviles anticuados y tener solamente un blog que, como Perry el Ornitorrinco, “no hacen gran cosa”. Y ha habido algunas cosillas que…tsk, no me han terminado de gustar.

De DeviantArt, no siempre recibes una crítica constructiva más allá del simple comentario de amigo (ese que nunca te evalúa objetivamente) y al estar basado en suscriptores y favoritos, te terminas sintiendo marginado si no tienes contactos y tu arte es del montón.

De Tumblr, eso de que la información se acumula de un día para otro y no es nada cómoda de ver, aparte de una comunidad que es famosa por su extrema sensibilidad hacia ciertos asuntos, que puede causar que te metas en un buen lío al dar un solo paso en falso.

De Instagram, que prácticamente solo se pueda usar como aplicación, ya que en la web la experiencia pierde mucho. Además, me inquieta un poco que hubiera sido adquirida por la compañía de Facebook. 

Y de Twitter, que la experiencia esté basada básicamente en la gente a la que sigas, lo cual condiciona lo emocionante o aburrida que pueda ser, las sugerencias que te van a mostrar todo el rato; que no exista la opción de bloquear ciertas palabras (se pueden silenciar usuarios, pero en mi caso quiero saber de ellos y tener la opción de que no me muestren tuits sobre un tema que me resulta incómodo o cansino), como en el caso de Tumblr, que ver las actualizaciones me resulta engorroso al ser en cascada y no por páginas y, sobre todo, el límite de caracteres, que hacen que se convierta simplemente en un almacén de enlaces. Además, diría que la comunidad es incluso más tóxica que Tumblr.

A veces me pregunto si hago bien quedándome fuera. Pienso: <<antes hablaba con gente con quien tenía onda>>, <<llevaba más tráfico a mi blog>>, <<me enteraba de más cosas, en las páginas web o no hablan de tantas cosas o no los actualizan>>. Y estos artículos en la prensa e Internet no hacen más que decirte que simplemente debes estar en alguno de estos sitios. Te hacen sentir que hay algo de malo contigo.

Yo, desde luego, no siento vergüenza de decir que ya no estoy en ninguno de esos sitios. Puedo acceder a la información de todas formas (es decir, a aquellas cuentas que no han puesto medidas de seguridad restrictivas), así que realmente no me pierdo nada. ¿Que pierdo la oportunidad de publicitarme? Tampoco me pierdo nada. Ni que fuera aquí J. K. Rowling o estuviera ganando dinero con el tráfico en mi blog. Pero es una lástima que suene a obligación.

 

En casa de bibliófilo…

Dicen que los niños se vuelven adictos a la lectura sobre todo porque ven a sus padres leer o porque los animan.

Mi madre casi nunca lee porque siempre está cansada y la única vez que he visto a mi padre tocar un libro ha sido para usarlos para calzar muebles.

 

Hay una cosa que echo mucho de menos

Y es escribir cartas.

Sé que los correos electrónicos son gratuitos; y sí, son instantáneos. Pero añoro la emoción que se siente al abrir el buzón y encontrar entre facturas y folletos comerciales una carta escrita del puño y letra de un ser querido, en la que uno podía explayarse cuanto quisiera sin parecer cansino, para luego guardarla con cariño.

Supongo que entre eso y los móviles de tecla me he quedado anclada en los noventa.